Carlos del Pozo

Dulce Pierrot

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Nunca me gustaron los animales, y a la cabeza de ellos los perros. Puede que fuese a causa de la educación recibida, aunque por lo mismo puede que no se explique el fervor que por ellos tienen mis hijos, si bien ahí debe haber sido más potente el influjo de su madre que el mío. Por eso mismo, tal vez, los gatos siempre me han suscitado curiosidad porque he encontrado en ellos al animal sin duda más literario que existe: autónomo, huraño, poco cariñoso. Uno recuerda al escritor Georges Simenon y a ese gato suyo que se paseaba por su mesa de trabajo mientras él pergeñaba aquellas novelas policíacas y puede que ahí radique la respuesta a esa particular atracción mía por los felinos.
Gatos ha habido en casa muchos. Ya tuvimos uno en Canet, antes de que llegaran los niños, y era un gato muy cariñoso al que la calle le daba un miedo cerval, pero que huyó por una ventana unas semanas después de nacer nuestra hija mayor al sentirse tal vez preterido. Después, desde que vivimos en el campo, varios de ellos han pasado por nuestras vidas, aunque ninguno como Pierrot.
El nombre se lo puse yo. Era blanco y con el hocico oscuro, y tenía ciertos ribetes de la Comedia del Arte. Mis hijos, sobre todo Víctor, siempre le llamaron Pus-Pus, y sólo consentían llamarlo por su nombre cuando la cosa se ponía seria, como a ese crío al que todos conocen por Pepito y su madre, al amonestarlo, le llama José. Era un gato delicioso que se dejaba acariciar, transportar y hacer mil y una tropelías por mis hijos, y que en las siestas del fin de semana siempre buscaba el regazo de mi mujer en el sofá para pasar allí la tarde. Cuando venían a casa niños de fuera era la gran atracción, porque no se le vio nunca dar un zarpazo ni emitir un bufido, y lo más frecuente era escucharle ronronear de satisfacción. De haber sido persona lo más lógico hubiera sido decir de él que era una buena persona.
Nació en marzo del año pasado en medio de una gran nevada. Era como un ratoncito y apenas abarcaba la mano de nuestro hijo pequeño. Su madre era completamente negra, como esos gatos de mal fario de los tebeos, pero muy pronto se convirtió en huérfano. Durante unos días anduvo triste y todos pensamos que no sobreviviría al envite, aunque nos conjuramos para evitarlo. Entonces buscó el calor de nuestra casa para tal vez mitigar su honda desdicha. En ese tiempo dábamos de comer a otros gatos que rondaban por la casa, pero a éste decidimos adoptarlo y, pese a que dormía fuera, el día se lo pasaba dentro de casa, cerca de su platito de comida bajo la televisión de la cocina o sesteando en alguna de las camas de nuestros hijos. Cuando llegaba la noche, mi mujer lo tomaba en sus brazos y lo sacaba por la puerta diciendo:
Y ahora, a cazar ratones.

El otro día cuando iba a trabajar me lo encontré muerto en medio de la carretera de la urbanización. Tenía aún el cuerpo caliente pero estaba rígido tras haber sido seguramente arrollado por algún automovilista que circulaba a una velocidad muy superior a la permitida. La noticia fue una pequeña tragedia familiar. Pierrot había desaparecido durante algunos días otras veces, y todos habíamos temido por su vida, pero al final siempre reaparecía humilde y al tiempo vencedor, puede que después de haber montado unas cuantas gatas. Esta vez ya no volveríamos a temer por su vida, porque alguien se había encargado de segarla. Ahora vive con nosotros en el recuerdo de todos esos momentos dichosos que nos hizo pasar. Y el vacío que ha dejado es más bien un considerable volumen. El volumen de su ausencia.