Carlos del Pozo

El hombre sin edad

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Estos días se nos cuenta en los medios de comunicación que Woody Allen acaba de cumplir ochenta años. A mí la noticia me ha causado asombro e incredulidad al mismo tiempo. Pensar que Woody Allen tiene prácticamente la misma edad que mi padre me deja ciertamente perplejo, porque yo a Woody siempre lo vi como una especie de hermano mayor, de joven maestro que nos inicia en la vida, y también como un compañero de viajes e historias que durante toda mi existencia -como el Real Madrid, las canciones de Serrat o las novelas de Delibes- me ha acompañado allá donde uno ha ido consigo mismo. Será, he pensado finalmente, que nos estamos haciendo mayores.
Si el transcurso del tiempo es algo inescrutable y difícil de interpretar, mucho más recóndita resulta la visión de las edades de los demás que cada uno de nosotros experimentamos en nuestras diferentes etapas vitales. Yo debí ver la primera película de Woody Allen con doce años; se llamaba Toma el dinero y corre y en ella aparecía como actor aunque no la dirigía. ¿Qué diferencia de edad en el gran cineasta media entre esa y alguna de sus filmaciones estrenadas los últimos años? Muy poca, puede que cinco, a lo sumo diez años. Sus cabellos se han encanecido insignificantemente, su rostro se ha ajado con cierta levedad, y su voz y la de su doblador, el gran Joan Pera, siguen siendo las mismas. Cada año nos regala un nuevo estreno y en todas las entrevistas que le hacen mezcla hábilmente su pose de niño travieso de clase con la de intelectual escéptico. Y ese tipo me dicen ahora que es un anciano. Vivir para ver.
Hace unos años estuve en Asturias en uno de esos viajes literarios que suele hacer uno de vez en cuando. Tuve tiempo y suerte de visitar Oviedo, que es una de las ciudades más hermosas del mundo, una ciudad cuyo casco viejo está atestado de estatuas, como las del colombiano Botero, la de Ana Ozores, la protagonista de La Regenta, o la del mismo Woody Allen, que comenzó hace un par de décadas un particular idilio con la ciudad asturiana cuando se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Es esa una estatua preciosa, tallada en bronce y de tamaño natural, y parece que cada cierto tiempo los gamberros le arrancan de cuajo sus inconfundibles gafas obligando al consistorio a reponerlas. Cuando yo estuve allí, en una pequeña calle llamada de las Milicias Nacionales, le acababan de hurtar sus gafas. Y en ese momento no me apercibí, pero ahora pienso que sin gafas me debió parecer lo que ahora acabo de deducir cuando me han dicho que acababa de cumplir ochenta años. Que Allen es el ejemplo tal vez más diáfano del hombre sin edad.