El precio de las catedrales

Este verano estuve con mi mujer haciendo un tour por diversas ciudades de Francia que aún no conocíamos. Aparte de disfrutar de la gastronomía del país vecino y sufrir el chauvinismo de sus habitantes, visitamos su rico patrimonio cultural y arquitectónico. Una de las muestras del mismo lo configuran sus catedrales. Llegamos a visitar una decena de ellas: Burdeos, Nantes, Rennes, Tours -probablemente la más hermosa-, Cremont-Ferrand, Bourges, Sanilhac y ya no recuerdo más, aparte de media docena de abadías y las llamadas Iglesias Mayores alrededor del Puy de Dome, comparable alguna de ellas a cualquier catedral. En todos los casos, la entrada a todos esos monumentos era gratuita. Nos sorprendió bastante, pero la verdad es que no protestamos por ello.
En nuestro país, también llamado España, la entrada a las catedrales supone un desembolso de variado pelaje que, en algún caso, resulta exorbitante. Parece que hay tres, Santiago, la Almudena en Madrid y Toledo, cuyo acceso es gratuito a primera hora de la mañana y solo en días laborables. El resto ni eso.
La jerarquía eclesial argumenta a favor de que nos rasquemos el bolsillo en la necesidad de mantener en buen estado templos que tienen siglos de historia. Aquí no podemos incluir a la Almudena, la de mi pueblo. También se dice por esas mismas voces que el que algo quiere, algo le cuesta, y que, si se dejara entrar gratis a todo el mundo, la mayoría no sabría apreciar la belleza de esos santuarios. Hay incluso algunas ciudades, como Murcia o Granada, que dejan entrar gratis a los allí empadronados. Suerte para ellos.
También desde la Iglesia se sostiene que los que en la declaración de la Renta marcan la casilla de ayuda a la Iglesia Católica no tienen solo por ello derecho a exigir que se les deje entrar gratis en nuestras catedrales. A saber qué pensarán de los que no marcamos esa casilla; igual en breve nos hacen pagar el doble que al resto.
Lo cierto es que la Iglesia Católica recibió el año pasado 382 millones de euros como consecuencia de las aportaciones a esa casilla del IRPF, y eso gracias a un aumento hasta el 0,7% que aprobó -Dios mío- un gobierno socialista, el de Rodríguez Zapatero.
La diferencia con Francia es que el país vecino aprobó una ley en 1905 en que se separaban Iglesia y Estado, quedando todas las catedrales, abadías, basílicas e iglesias en poder del Estado. En España en cambio son de propiedad privada. De la Iglesia.
Recuerdo que hace ocho años visitamos con nuestros hijos la Catedral de Vitoria. Creo que por entrar a la misma nos pidieron quince euros, aunque ahora he consultado la página web de entonces -un programa llamado “Abierto por obras”- y allí se dice que sólo valía 11 €. En fin, recuerdo que un tipo, no muy cultivado, por cierto, al saber el precio de la entrada berreó: “¿Quince euros y encima no está acabada? A la mierda”. La visita guiada consistía en ir viendo las obras que se estaban llevando a cabo para restaurarla y salvarla de su decadencia, con todo lujo de detalles y haciendo una gincama entre grúas y andamios. Las obras se financiaban por una Fundación de la que, amén del Obispado de Vitoria, formaban parte la Diputación de Álava y el Ayuntamiento de la ciudad. También hicieron sus aportaciones el Gobierno vasco y el de España.
Acabo de consultar por internet lo que hoy vale entrar en esa catedral: cinco euros. Se destaca que ya está acabada, cosa que celebro. Aunque ahora ya sabemos para qué sirvieron, entre otras cosas, los euros que pagamos cuando la estaban reformando. Los mismos que se negó a pagar aquél berreador.