Carlos del Pozo

Las otras canciones de nuestra vida

escobar

De las canciones de Manolo Escobar, a quien acabamos de enterrar, muchos han dicho estos días que conforman la banda sonora de nuestras vidas. Y yo añado: pese a que su música no le gustara a todo el mundo, es inevitable que un montón de canciones suyas vayan adosadas a toda clase de trayectorias personales, en la fiesta, en la derrota, en la salud y en la enfermedad. Por eso será siempre un tipo irrepetible.
Esas canciones me llevan a la niñez inevitablemente y al Colegio Valdeluz, cuando mis padres y los de un vecino de la calle de La Bañeza se pusieron de acuerdo para repartirse los viajes en coche que hacíamos de casa al colegio y del colegio a casa mi hermano, ese vecino -llamado Ricardo Moreno- y yo. El viaje de vuelta por la tarde lo hacíamos en el 850 del padre de Ricardo, por cuya radio, una Skreibson de esas que se traía la gente de Ceuta o de Andorra, sonaba siempre Peticiones del oyente, un programa de canciones dedicadas de Radio Intercontinental donde se rendía culto a Manolo Escobar de manera notoria. Y recuerdo que cada vez que se anunciaba una canción de Escobar, Ricardo nos pedía a mi hermano y a mí un silencio sepulcral ya que su padre era un gran admirador del cantante, almeriense como él.
En mi juventud universitaria de mesones y tabernas de los alrededores de la Plaza Mayor de Madrid, los fines de fiesta en el Mesón del Toro o en las Cuevas de Luis Candelas solían aderezarse con el Porompompero, Ay Caridad o aquella de viva el vino y las mujeres, la misma que decía aquello de que vivan los cuatro puntos cardinales de mi España. Después de cantar al calor de una guitarra temas de Nino Bravo, Mocedades o Serrat, las canciones de Escobar solían aparecer cuando la ingesta alcohólica alcanzaba cotas mayúsculas, pero lo que resulta indudable es que aquellas coplas transportaban como no lo hacían otras el más genuino sabor de lo jocoso y lo jaranero.
También mi última juventud -hoy habría que hablar más bien de juventud perdida- va unida a las canciones de Manolo Escobar. Sucedió entre los veinticinco y los treinta años, cuando dejé la casa de mis padres y me metí en un piso de soltero en Mataró. En ese piso en el que sustituía las cortinas por papeles de embalar que cubrían los cristales de las ventanas, las fiestas y guateques eran casi diarios. Y organizando aquellos jolgorios me di cuenta de que son muchos quienes comparten aquella famosa frase del actor Antonio Gamero, el entrañable Trotsky de Asignatura Pendiente -Como fuera de casa, en ningún sitio-, porque llegado cierto momento de la madrugada resultaba muy complicado no sólo que se fueran a sus casas por su propio pie, sino que se largaran tras ser seriamente apercibidos. Entonces no había otra alternativa que ponerse en manos de la solución Escobar. Desempolvaba un disco de duetos de Manolo Escobar en el que, entre otros, el almeriense cantaba Qué bonito es Badalona con Serrat, Un canto a Galicia con Julio Iglesias y Amor marinero con la Jurado. Entonces comenzaban a desfilar aturdidos con la plena convicción de que en aquella casa ya no se les quería. Al que se resistía más se le ponía el dúo con Chiquetete, que era la canción Volveré, la del anillo y la taberna. Y ésta, créanme, resultaba infalible.

Por eso no hace falta que las canciones de alguien nos gusten para unirlas a nuestras biografías. Y por eso, ahora más que nunca yo he de dar las gracias a Manolo Escobar porque, en momentos difíciles, sus coplas resultaron todo un alivio para mí.