Carlos del Pozo

Nieve de Octubre - Microrelato

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Yo había escuchado al abuelo ese viejo refrán: la nieve de octubre, nueve lunas cubre. Pero aquel invierno siempre lo recordaremos como el más duro de nuestras existencias. Poco a poco, pero de modo inexorable, un gran manto blanco fue envolviéndolo todo. Acudimos a ver el mar y ya no existía, los árboles habían desaparecido, el cielo se ocultó tras una capa nívea y hasta nuestro aliento batiéndose a muerte contra el frío dejó de exhalar esas bocanadas de humo características.
Alguien dijo que tiraríamos de las reservas alimenticias de meses atrás, pero de repente las despensas se vaciaron, las neveras se fundieron en el blanco, las gallinas dejaron de poner huevos y los cerdos comenzaron a exhibir unas muecas muy sospechosas que hacía poco indicada la idea de sacrificarlos para matar la hambruna.
La gente cesó de hablar entre sí y murieron los gestos, las miradas y los sonidos. También el día y la noche. Todo el tiempo era blanco y cada afán se veía trocado por el silencio que imponía la nieve.
Pero esa nieve, que por un momento nos pareció eterna, de repente comenzó a desaparecer. No volverían ni el mar, ni los árboles, ni el cielo. Tampoco los huevos de gallina. Alguien llamó a un viejo escritor y éste, bajo los restos de la gran nevada, comenzó a desenterrar palabras. Tenía una ardua tarea por delante.