Carlos del Pozo

Cita en Fonda Europa

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Seguramente comer es de las pocas cosas que a uno se le han dado más o menos bien en esta vida. Eso dicen en mi casa, y yo sostengo que la cosa puede que me venga de familia. Mis hijos, dentro y fuera de casa, suelen exclamar lo mismo frente a un buen guiso: Jo, papá, cómo le gusta comer a esta familia. Sin embargo, desde hace bastante tiempo, donde más disfruto comiendo es en mi casa. Con buenos productos, buenas manos a los fogones y una más que correcta bodega me cuesta mucho salir por ahí, máxime cuando no soy un adepto de los restaurantes con estrellas Michelin aunque me gusten los buenos restaurantes. Vamos, que cuando uno sale a comer fuera lo que desea, básicamente, es que le den bien de comer, y no que lo sorprendan o asombren. Porque para eso lo que uno debe hacer es acudir a una actuación de Tamariz o Jorge Blass.
Pero si me preguntan si tengo un restaurante favorito responderé sin dudarlo que ese restaurante es la Fonda Europa de Granollers. En mi elección tiene la culpa no sólo una carta extraordinaria y una buena bodega, sino otros factores como el ambiente de sus salones -evocadores, nobles, literarios en suma-, la profesionalidad de todo su equipo, desde el jefe de cocina al último camarero, la decoración de las paredes y el respeto por las conversaciones en voz baja de los comensales. Seguramente no sea el mejor restaurante del mundo, ni estará entre los mejores. Pero a mí es el que más me gusta.
La Europa nació en 1771, pero hasta 1877 no se le añadió a la de albergue de huéspedes la variante de casa de comidas. Es, por tanto, el sexto restaurante más antiguo de España tras Botín (Madrid), Set Portes (Barcelona), Casa Montaña (Valencia), Lhardy (Madrid de nuevo ) y Paz Nogueira (A Coruña). La fundaron los Parellada, vinateros en origen, quienes decidieron levantar un negocio de hospedería primero y casa de comidas después en pleno centro de Granollers, en la entonces llamada Carretera de Francia -hoy avenida Josep Anselm Clavé-, para dar cobijo y pitanza a los viajantes de comercio, tratantes, payeses y ganaderos que por allí trasegaban cada día. El empeño sigue en la actualidad consagrado a otras tribus: turistas de todo tipo, gentes de Barcelona y algunos extranjeros, sobre todo los fines de semana en que hay carreras de motos o coches en la vecina Montmeló, todo ello servido y auspiciado por la séptima generación de la familia Parellada. Evolucionar con los tiempos manteniendo la esencia de las tradiciones; eso es lo que parecen querer transmitirnos.
De la actual carta del Europa es difícil destacar un plato en particular. Dividida en fases culinarias, de menor a mayor, se compone de diferentes delicias para picotear -el llamado
vermut-, entrantes, carnes y pescados, así como los denominados clásicos populares -entre ellos la escudella, los canelons, el cap i pota y la inigualable paella Parellada-; tales clásicos constituyen la auténtica joya de la corona. Pero si atendemos a uno de los más ilustres clientes del establecimiento, el gran Josep Pla, tenemos que evocar la Fonda Europa como el paraíso de los platillos y el esmorzar de forquilla.
Los platillos, según el gastrónomo Jaume Fàbrega, son guisos que combinan pequeños trozos de carnes, hortalizas y legumbres con una salsa culminada con la tradicional picada, por lo general compuesta de almendra tostada, ajo, perejil e hígado de pollo o pato. En cuanto al almuerzo de tenedor o
esmorzar de forquilla, éste se compone de diversas opciones que aparecen en los entrantes y que, si hay buena conversación de por medio, puede conformar la antesala de un excelente ágape. Es más o menos lo que solía perpetrar Josep Pla junto a sus colegas de tertulia, el escritor Eugeni Xamarr o el óptico Cotet, todos los jueves de mercado en este restaurante centenario cuyo recuerdo sus acogedores salones les evocan, igual que hacen lo propio con otros insignes que pasaron por allí y dejaron su huella: Picasso, Dalí, Cela, Tàpies, Vázquez Montalbán, Miró. Ellos no sólo sabían lo que se hacían, sino también lo que querían comer.