Carlos del Pozo

Primos y hermanos

marx

El fin de semana pasado fui al cine, algo que muchos hacen a menudo y en lo que últimamente no me prodigo demasiado. Concretamente hacía cuatro años que no pisaba una sala de proyecciones, aunque yo creo que hoy día, más que de ir al cine debiera hablarse de ir al minicine. Los deberes que impone la paternidad me han hecho abandonar esa costumbre casi compulsiva de mis años de juventud, cuando acudía al Cinestudio Griffith o al Ideal y me dejaba las retinas en una gran pantalla durante toda una tarde, degustando programas triples o dobles, o me perdía en la ruta de los colegios mayores de la zona de Moncloa -San Juan Evangelista, Elías Ahúja, Chaminade, Pío XII- para ver aquellas proyecciones interminables en las que se cambiaba de rollo varias veces y se podía fumar libremente. Lo cierto es que Infiltrados, de Scorsese, había sido mi última experiencia cinematográfica hasta la pasada semana.
Esta vez fui a ver
Primos, la última de Daniel Sánchez Arévalo, el laureado director de Azuloscurocasinegro yGordos, sus dos primeros y exitosos filmes. La elección fue un acierto porque Primos es una comedia deliciosa pergeñada a partir de un magnífico guión y muy bien interpretada. Cuenta la historia de un joven llamado Diego -colosal Quim Gutiérrez- que es abandonado por su novia unos días antes de casarse y que en el mismo altar decide explicar a los de su familia toda su peripecia en el día y la hora señalados para el casorio. Cuando los familiares se van, el joven se queda en la iglesia en compañía de dos de sus primos, a quienes interpretan Raúl Arévalo y Andrés Lastra, este último puede que el gran descubrimiento de esta película. Beben un poco y deciden ir a un pueblo cántabro donde transcurrieron los veranos de infancia de los tres para buscar a Martina, la novia de toda la vida de Diego. Cuando ésta aparece en pantalla -la actriz Inma Cuesta- uno se pregunta por qué fue obviada por el protagonista en su día en favor de otra. Pero cuando después aparece la novia oficial -la catalana Nuria Gago- ya nos sobrevienen las dudas, y lo único que tenemos claro es que Diego posee, sobre todo, muy buen gusto a la hora de escoger las mozas. La película está salpicada por las juergas y borracheras de los tres primos, y hay en ella un aroma a fiesta patronal de agosto y a verbena, a veranos que se fueron por el sumidero del olvido. A destacar la improvisada actuación musical de los tres sobre el escenario de la plaza de Comillas, verdaderamente inolvidable.
Hay en esa película muchas cosas: la relación entre el borracho y su hija prostituta, la camaradería entre el niño de Martina y el primo tuerto, que perdió su ojo en Afganistán defendiendo el pabellón español. Pero sobre todo esa camaradería entre primos que en algún caso sustituye a las relaciones entre hermanos y en muchos otros subsana esa ausencia de hermanos en familias de hijo único. Esos amigos-casi-hermanos a quienes no se ve cada día pero con los que en cinco minutos salta la chispa de la complicidad. No son amigos ni hermanos, pero tienen mucho de ambos.
No quisiera uno utilizar estas letras para quejarse de los primos que le tocaron en suerte y con ninguno de los cuales tiene contacto actualmente. En todo caso se parecen muy poco a los tres que salen en el film de Sánchez Arévalo. Sin embargo, tras ver esa película descubrí un primo del que no sabía su condición hasta entonces. Fue mi mujer quien dio con el hallazgo: desde la primera escena aseguró que Raúl Arévalo, el primo caradura y cachondo -en la película llamado Julián y apodado
Sardinuca- era clavadito a mi hermano Javier. El resto de espectadores se giraban hacia nosotros cuando ella aseguraba que ese tipo era el vivo retrato su cuñado, ya que blasonaba como él de ser el número uno en ventas de su empresa, arqueaba las cejas del mismo modo, cogía el tubo de cerveza con igual apostura o rodeaba con el brazo a la gente en idéntico ademán cariñoso. Y entonces llegué a la misma conclusión: ese primo era calcado a mi hermano.

Con lo que deduje también que si en esa película los primos tenían algo de fraternales, en la película de mi vida mi mejor primo había sido sin duda mi hermano, porque cogía el tubo de cerveza como nadie y, entre caña y caña, tenía tiempo para contarte una docena de chistes de médicos o de lo que tocara. Y eso les aseguro que no era capaz de hacerlo ninguno de los primos oficiales