Carlos del Pozo

El último Mohicano

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Este último agosto, que de tan reciente resulta más que lejano, se nos ha llevado mucha gente por delante: Chavela Vargas, Tony Scott,  Juan Luis Galiardo, Sancho Gracia, Neil Amstrong, Aurora Bautista o Carlos Larrañaga entre los más conocidos. También se fue uno de los pocos estandartes que le quedaban a lo que se llamó la movida madrileña, el músico y compositor Bernardo Bonezzi.
Hace ya treinta y cinco años de la eclosión de la movida y el tiempo creo que no ha sido demasiado generoso para con este movimiento, eso para quienes creemos que la movida fue algo, pues son legión los que creen lo contrario. Desde entonces nos han dejado, si la memoria no me falla, el escritor Eduardo Haro Ibars, Eduardo Benavente -de Parálisis Permanente-, Enrique Sierra -de Radio Futura-, Enrique Urquijo -de Los Secretos-, Antonio Vega -de Nacha Pop, el cantante Tino Casal y hace unos días Reverendo, el pianista que hizo pareja artística con Gran Wyoming. Una semana antes quien se iba era Bernardo Bonezzi, que era un poco como el hermano pequeño de ese movimiento, y por eso parece que con él se haya marchado el último de todos ellos.
Bonezzi fue un músico muy precoz que a los trece años creó su primer grupo, Zombies, y a los quince publicó su primer larga duración, en el que aparecía Groenlandia, una especie de himno de la movida que permanece en nuestra memoria y a quien la publicidad y las sintonías maltrataron. Vino un segundo trabajo y la separación del grupo a los dos años. Entonces Bonezzi se dedicó a componer bandas sonoras para películas, trabajando con directores como Pedro Olea, Agustín Díaz Yanes, Iciar Bollaín o Enrique Urbizu, aunque sus colaboraciones más llamativas serían con Pedro Almodóvar, de quien era muy amigo desde los tiempos de El Sol y El Penta, y a quien produjo, aparte de cinco películas, aquella gamberrada de disco del manchego con Fabio McNamara. Ganó el Goya a la Mejor Banda Sonora en 1996 por Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de Díaz Yanes y también compuso sintonías de programas de televisión, muchas de ellas perfectamente olvidables, como Farmacia de guardia.
Fue llamado el Mozart de la movida por su precocidad musical y su gran fecundidad, ya que deja innumerables grabaciones, con experimentos como Bonezzi-St.Louis o Las diez mujeres más elegantes, una trilogía de las horas del día en plan instrumental, El viento sopla donde quiere -su vuelta en 2010 al mercado- y dos discos de este mismo año, La esencia de la ciencia, publicado meses antes de su muerte y uno póstumo, Esencias, que se anuncia ahora. Había vuelto a los escenarios y las giras, cosechando un rotundo fracaso. Su actual compañero sentimental se lo encontró tirado en el suelo de la casa que ambos compartían, desconociéndose las causas de su muerte.
Para Pedro Almodóvar, su gran amigo -pese a que no trabajaba con él desde hacía tiempo por culpa de una discusión-, a Bernardo Bonezzi todo le ocurrió demasiado pronto. Es posible que para el resto de miembros de la llamada movida ocurriese igual. No se les valoró demasiado en su momento, hubo un intento fallido de relanzamiento décadas después y hoy languidecen en el olvido. Puede que el futuro sea más generoso con su música. Muchos de ellos en verdad que lo merecen, y Bonezzi a la cabeza de todos.