Carlos del Pozo

Novelistas noveles

nov

De un tiempo a esta parte hemos visto cómo numerosos presentadores de televisión, actores, periodistas mediáticos y hasta deportistas han dado a la imprenta una novela. Parece de ese modo que una novela la pueda escribir cualquiera, y en verdad así es. Se trata de rellenar doscientos folios con una historia más o menos coherente, un argumento que pueda suscitar el interés del público y, sobre todo, una trama que alguien sea capaz de resumir en quince líneas para ser plasmadas en la cubierta o la solapa del libro que será. Visto así, una novela es lo más fácil de escribir que pueda concebirse. Otra cosa es que esa novela pueda ser publicada. Uno lleva años escribiendo y publicando. Muchos años, casi treinta entre pitos y flautas. Publicando de aquella manera, claro: ahora un premio municipal con una edición lamentable, ahora con una editorial emergente que confundiendo la independencia con el capricho te impone mayores servidumbres que las que te pudiera suscitar un gran grupo editorial, o simplemente con tu historia en el cajón esperando a alguien que se decida a alumbrarla. Es la misma historia de docenas de colegas que vuelcan sus afanes cotidianos en pasar por el tamiz de la literatura su inventiva y que casi nunca quedan satisfechos con los resultados. En otros barrios, los más acaudalados, no suele ocurrir igual. Y es que hay otro mundo dentro de este universo literario donde lo que allana el camino a la publicación es el nombre o la fotografía de su autor. Se suele predicar de ellos y de su obra que aquella es la primera incursión literaria de sus vidas -como queriendo decir que no será la última, casi una amenaza-, que su rostro es conocido por inundar a menudo las pantallas televisivas, o que después de enamorarnos con sus crónicas, presentaciones, telediarios y reportajes, ahora nos regalan una hermosa obra de ficción. No se piensen que quienes aparecen habitualmente en los informativos monopolizan este tipo de proyectos literarios llamados a ser un éxito: también hay cantantes, políticos, jueces y vividores de la prensa del corazón que nos regalan sus primeras incursiones en el cosmos literario.
No he deslizado nombres hasta este momento, pero haré una excepción con uno de ellos: se trata de la novela que publicó hace un par de años el padre del futbolista del Barça Gerard Piqué. No porque sea del Barça lo trae uno aquí a colación, no se me confundan. A ese señor, cuyo nombre de pila no recuerdo -y ruego desde aquí disculpas- no se le conocía hasta entonces el más mínimo atisbo de obra literaria. Sin embargo reconocía en la presentación de su libro -a la que acudieron periodistas y deportistas muy populares- que siempre le había tentado escribir pero nunca había encontrado el momento; qué lástima que por fin lo encontrara, podemos creer muchos. Los peor pensados hasta podrían esgrimir que ahora se aprovechaba de la popularidad de su hijo pero ¿qué relación puede tener con la literatura un sujeto que a duras penas sabe expresarse ante un micrófono, incluso aunque sea en su lengua materna, el catalán? Pues bien, lo más sorprendente del caso es que el grueso de la campaña publicitaria que la editorial de turno -nada menos que una del poderoso grupo Planeta- se basó en una fajita que acompañaba al libro en su lanzamiento con una lapidaria frase de su hijo el futbolista: Una novela que engancha.

                    Una última pregunta para acabar: Y de los escritores ¿qué se hizo?