Carlos del Pozo

Prueba de madurez

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Cuando yo estudiaba el bachillerato, recuerdo que para acceder a ciertas enseñanzas superiores -creo que de tipo artístico o técnico- se debía hacer lo que se denominaba la prueba de madurez, una selectividad especial que dado que nunca tuve inquietud por aquellos estudios jamás supe en qué consistía, aunque me llamara bastante la atención su curioso nombre.
En días pasados recogió la prensa una polémica muy llamativa que señalaba al entrenador del equipo filial del Real Zaragoza, Juan Eduardo Esnáider, como culpable de haber impedido que uno de los chicos de su plantel, llamado Ramiro Mayor, tomara parte en el examen de acceso a la Universidad, ese por todos conocido como prueba de Selectividad. Al parecer y según esas noticias, Esnáider, al pedirle su pupilo poderse saltar algunos entrenamientos para estudiar y examinarse de Selectividad, le había dicho textualmente: "Eres futbolista. Tienes contrato profesional. Los estudios son incompatibles con el fútbol. Lo que hay que hacer cuando terminas de entrenar es descansar, no estudiar".
La polémica llegó a tal punto que se le pidió la opinión al Ministro de Educación. Éste, que es un hombre bastante ponderado, defendió el derecho del muchacho a que su empresa -sea ésta un club de fútbol o un restaurante de comida libanesa- le concediera unas horas para poder examinarse como se conceden cada día permisos a aquellos trabajadores que lo necesitan para exámenes finales y similares. Creo que fue una respuesta política que buscaba huir de la polémica y no señalar una de las causas del fracaso de nuestro sistema educativo: estamos formando a chavales que ven en el éxito fácil -deportivo, artístico, televisivo- un atajo fácil hacia el abandono de los estudios. Si Cristiano Ronaldo o Messi ganan tantísimo dinero a costa de no saber hablar con un mínimo de decencia y legibilidad y de ser más brutos que un arado, el fin justifica los medios. Si ellos y el resto de futbolistas, durante las largas concentraciones se dan a aficiones tan enriquecedoras como los juegos electrónicos o el póker y no saben lo que es un libro, no importa. ¿Qué sentido tiene que estudien, que sepan hablar o que cuando les pregunten algo no respondan estupideces, si con lo que ganan cada día podría vivir una docena de familias durante un mes?
Ante tan desatada polémica, Esnáider ha desmentido que prohibiera al muchacho presentarse a selectividad, ya que al parecer sólo le dijo que no quería que faltara a dos entrenamientos muy importantes de la semana y que buscara solventar el problema de alguna manera (sic). No sabemos si la propuesta es que se cambiaran las fechas de celebración de la Selectividad en la Comunidad de Aragón para no hacerlas coincidir con los entrenamientos del Real Zaragoza B. El caso es que el muchacho solucionó rápido el entuerto no presentándose a la prueba de acceso a la Universidad.
Es curioso porque yo recuerdo al Esnáider éste como uno de los jugadores más zafios y necios que haya dado el fútbol. Puede que haya quien recuerde sus goles, pero yo me acuerdo más en estos momentos de cómo se encaraba con los árbitros, cómo los insultaba, cómo agredía a los contrarios a base de codazos o patadas por detrás y cómo dejaba a su equipo con un jugador menos con demasiada frecuencia debido a su mal humor, su antipatía y su escasa educación. Desconozco si tiene alguna clase de estudios -curiosamente las crónicas dicen que sus hijos van a la Universidad; algo hemos ganado-, pero tal vez le faltó en su día aquella prueba de madurez de la que se hablaba al principio de esta crónica.