Carlos del Pozo

Los sueños cumplidos

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Decía Enrique Jardiel Poncela que los sueños casi nunca se cumplen, porque con los sueños lo que suele pasar es que se roncan. Hace unos días -de todo hace unos días- tuvimos la ocasión de orillar la excepción para ver uno de nuestros sueños infantiles cumplidos al fin. A algunos puede que nos llegara algo tarde, precisamente el día en que uno cumplía cuarenta y siete tacos. Pero nunca fue más cierto que más vale tarde que nunca.
Picasso resultó a la postre más genio que Van Gogh. Un Van Gogh, por cierto, bastante sucio y guarrete; él se quedó sin oreja y los nuestros casi se quedan sin esternón, sin tibia y sin tobillo. Pero ese excepcional grupo de muchachos sabía que, al fin y a la postre, nada resultaría fácil.
La misma mañana del partido, en el balcón de un piso del Ensanche barcelonés, alguien había colgado una senyera, y sobre ella una camiseta naranja. Toda una declaración de intenciones. Había también algunas banderas españolas en los balcones del centro de la Ciudad Condal, aunque me imagino que muchas menos que en Trujillo, en Sanlúcar de Barrameda o en Benavente. Con lo grande y poblada que es Barcelona.
En la televisión pública estatal, en medio de las celebraciones de la final, a un chaval le preguntaron si le había gustado el gol de Iniesta. El chaval dijo que sí, que mucho, y añadió:
Aunque sea catalino. Aquel pobre bruto confundió a los manchegos con los catalanes, y de paso insultó a estos últimos. En algunos casos deberíamos de replantearnos lo de la censura, o exigir que los jóvenes sean educados con mayores garantías. Y sobre todo, que aprendan un poco de geografía patria, máxime si se cuelgan la bandera de todos con tamaña generosidad.
Pese a todo, uno está contento. Y lo está porque esos veintitrés muchachos parecen muy amigos y se exhiben totalmente ajenos a debates identitarios y excluyentes. Cada uno sabe de dónde es y muestra sus orígenes con orgullo, como no podía ser menos. Pero sobre todo porque tan sólo han ganado un mundial de fútbol. Que no es poco, por otro lado.
Y en cuanto a los holandeses, no les tengamos rencor. Lo peor hubiera sido que hubiesen ganado, pero eso por fortuna no acaeció. Rencor y roncar suenan casi a lo mismo, les separa una vocal. De modo que, una vez despiertos tras el sueño, como decía el Maestro Jardiel, ahora toca roncar. Plácidamente.