Carlos del Pozo

La ruta Bolaño

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El otro día, removiendo documentos y libros en el Archivo Histórico de Santa Coloma de Farners, descubrí con asombro y sorpresa que en la hermosa villa gerundense de Blanes, pórtico y prólogo de la no menos hermosa Costa Brava, le han dedicado a Roberto Bolaño una ruta literaria que pretende seguir los pasos del gran escritor en esta población, en la que habitó los últimos dieciocho años de su corta vida -apenas vivió cincuenta- y donde escribió la mayor parte de una obra que, a base de inéditos y traducciones a diversas lenguas, ha ido creciendo exponencialmente desde su prematura muerte.
Bolaño llegó a España en 1977, estableciéndose desde entonces siempre en Cataluña, donde ya vivía su madre. Lo hizo tras alternar cortas residencias en su país natal, Chile, y en México, con varios retornos de uno a otro país. Llegó al nuestro huyendo de la dictadura de Pinochet, que lo había encarcelado años antes, y en sus primeros años catalanes vivirá en Barcelona y en Gerona, hasta recalar finalmente en Blanes. Son años en los que desempeña multitud de empleos: vigilante de un camping, botones, mozo de almacén, camarero, basurero, descargador de barcos y vendimiador. Muchas de las experiencias vitales de esos trabajos eventuales aparecen en sus relatos y novelas, que presentó a premios de poca monta con cuyas recompensas fue subsistiendo.
Yo recuerdo a Roberto Bolaño hojeando revistas de informática en el quiosco de prensa que había en la estación de tren de Plaza de Catalunya. Era un tipo al que definían unas gafas de montura metálica, lentes redondas y pelo ensortijado anunciando una generosa frente, de ojos pequeños y nariz puntiaguda. No es que fuera un tipo normal, no, pero los que no le conocían -la mayoría, ya que nunca fue en vida un autor de multitudes- a cuenta del desaliño indumentario que le definía bien podrían haberle confundido con un mendigo o con un músico callejero.

Ahora Blanes le recuerda en una ruta guiada muy completa que aborda desde su casa familiar hasta los dos estudios donde escribió, y que incluye la pastelería Planells, la librería Sant Jordi o Can Dimas, su restaurante favorito. Hay un cierto regusto amargo en la evocación de Bolaño, y digo esto porque murió cuando lo mejor de su literatura estaba por llegar, o por mejor decir, cuando aún todo lo que había escrito no había sido reconocido en su total justeza. Años después de morir, por esas casualidades que la vida le dispensa a la literatura, fue descubierto por los americanos como el nuevo Borges, comenzándosele a traducir a todas las lenguas del planeta. Seguramente el dinero y sus parabienes, que ahora dignamente disfrutan sus herederos, los habría despreciado con moderación, pero tal vez hubiese merecido saborear la gloria literaria algunos años más.