Carlos del Pozo

Jueves en la Academia

acad

Hace unas semanas, durante la presentación de mi último libro, tuve ocasión de conocer a dos miembros de la Real Academia de la Lengua, los leoneses José María Merino y Luis Mateo Díez. Uno la verdad es que nunca ambicionó gran cosa en esto de la literatura fuera de ir publicando algunos libros para que con ellos disfrutaran la familia y los amigos. Y por eso mismo jamás sospeché que llegaría a conocer y hablar con un académico, pues hasta la fecha los académicos me parecían seres inalcanzables recluidos en su burbuja de erudición y bastante refractarios al trato con escritores jóvenes o poco conocidos. De mi experiencia con estos dos excelentes escritores puedo predicar justamente lo contrario.
Me llamó la atención cómo enfocaban su trabajo en la docta Academia. Se reúnen los jueves en Pleno, pero ya van al lugar con los deberes hechos, con sus propuestas, informes y notas para debatir con el resto de compañeros después de pasar éstas por las correspondientes Comisiones; ése es el momento de presentar enmiendas y adiciones al Diccionario. Merino, que es además Vicesecretario de la institución, aseguraba que en la Academia hay mucho trabajo, muchísimo, en contra de lo que el populacho pueda sospechar. No es cierto además ese mito de que la mayoría de miembros de la institución no acuden a la reunión del Pleno de cada semana; bien al contrario, son muy pocos los que faltan a esas reuniones y las ausencias casi siempre suelen estar justificadas por razones de edad o enfermedad, no conociéndose a ningún académico que sea aficionado a hacer novillos. Quizá la limpieza y pureza de la lengua no se lo permita.
Uno de los temas de conversación con ellos dos fue la reciente elección de una nueva académica, la mallorquina Carme Riera. Merino me reconoció que la estaban esperando como agua de mayo y que, dado que aún no ha pronunciado su discurso, no es posible todavía que asista a las reuniones de los jueves. Pero parece que ese discurso, que en un principio iba a ser de temática femenina y que, después de escuchar el consejo de sus nuevos compañeros acabará abordando una materia relacionada con la creación literaria, está muy avanzado. Para mí resultaba poco menos que inevitable comentarles a ambos el reducido número de mujeres que ocupan en la actualidad los sillones de la Academia; uno, que se acerca al medio siglo, recuerda que era un adolescente cuando nombraron a la primera académica en toda la historia de la Casa, la poetisa Carmen Conde. En efecto, aún son pocas mujeres, pero ya verás como cada vez habrá más, reconoció Luis Mateo.
Pero lo que yo no podía imaginarme es que en las reuniones de los jueves, de lo primero que se suele hablar es de fútbol. Comoquiera que la Champions League se juega los martes y miércoles, el jueves es un buen día para pasar revista a la jornada europea. Ahí hay dos facciones, la madridista y la azulgrana, con algún colchonero aislado. Los dos capitanes suelen ser Javier Marías por un lado y Pere Gimferrer por el otro. En algunos casos las discusiones han subido un poco de tono, siempre dentro de los parámetros de la cortesía y la buena educación, virtudes que a cada académico, como el honor a los militares, se le suponen.

Ya he dicho que nunca he tenido grandes ambiciones literarias, pero si por una razón me gustaría llegar a ser algún día miembro de esa docta casa que es la Real Academia de la Lengua, sería por asistir a esas discusiones futbolísticas perpetradas en los prolegómenos de las reuniones semanales del Pleno. Seguro que nunca se ha hablado de futbolistas y balones, árbitros y entrenadores con adjetivos más cuidados, sustantivos más ponderados y frases subordinadas dotadas de mayor sentido. Y eso sí, todo ello en un marco en el que estoy seguro de que debe predominar por encima de cualquier otra consideración el juego limpio, fijo y esplendoroso.