Carlos del Pozo

La hora del retiro

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La semana pasada asistí a la comida de despedida de una compañera del Cuerpo de Secretarios Judiciales que se jubilaba. Que los compañeros con los que has compartido durante años experiencias judiciales y zozobras forenses se acaben jubilando es algo que a uno le da cierta grima porque no viene sino a demostrar que ese juez inexorable que es el paso del tiempo también es un monstruo que se lo lleva todo sin dejar apenas rastro.
Bromeábamos todos con esa querida compañera a cuenta de la envidia que a todos nos suscitaba su nueva etapa vital. Goza de buena salud, su marido también está jubilado y sin problemas físicos, y los dos tienen unos nietos maravillosos con los que van de acá para allá. Les gusta viajar y ahora parece que tendrán más tiempo para ese y otros menesteres, lo que podrán hacer sin dificultades dado que disfrutarán de buenas pensiones. Muchos de los comensales señalaban que los que aún estamos en activo no sabíamos si tendríamos igual suerte que ella, esto es, desconocíamos si cuando nos llegara la hora del retiro sería posible contar con una pensión decente. A unos les quedaban para esa jubilación cinco años, a otros diez, y a mí más de quince. Ninguno de nosotros tiene la certeza de que para entonces la caja de la Seguridad Social aguante las embestidas de la crisis y de los tiempos extraordinariamente convulsos que desde hace un lustro nos ha tocado vivir.
Algunos de los presentes le decían a esa compañera: Con mucho gusto me cambiaba por ti, qué envidia. El trabajo en la administración de justicia no se ha puesto nada fácil de un tiempo a esta parte, y sin duda un descanso definitivo que ponga fin al tráfago cotidiano de togas y estrados debe venir bien. Yo me callé, pero no pensaba lo mismo. Prefiero tener cuarenta y nueve años -que son los que cuento ahora y los que me corresponden- y observar el futuro con cierta incertidumbre a tener sesenta y cinco con cierta seguridad. Algunos boleros dicen que la vida es un suspiro, y yo por lo menos quiero saborear a gusto el eco de ese suspiro.
Cuando uno era joven recuerdo que mis padres, mis tíos y mis abuelos me solían decir: me cambiaba por tu edad, pero sabiendo lo que ya sé ahora. Bien, no se puede tener todo, está claro, y hay que apechugar con lo que el presente te brinda. Pero si algo tengo claro es que yo, en estos momentos, esa misma frase no se la diría nunca a mis hijos sopena de estarles faltando a la verdad. Tienen todo el porvenir por delante y hay que confiar en que las cosas cambien, pero ese futuro que les aguarda no resulta demasiado halagüeño. Me gustaría vivir ciento cincuenta años solo para saber qué es lo que les dirán ellos a sus hijos al respecto. Aunque puede que para entonces el porvenir sólo sea una reliquia del pasado y el presente algo inalcanzable que ya no encuentra sueños que cumplir.

Pese a todo, hay que confiar en que esto no suceda.