Carlos del Pozo

Premios y concursos

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Es emotiva y muy hermosa la historia del tipo ése de un pueblo de Ciudad Real que ha ganado más de un millón y medio de euros en el concurso Pasapalabra de televisión. El concurso, como diría aquél, no vale gran cosa, pero en medio de tanta frivolidad televisiva, tanta tertulia vergonzante y tanta película cien veces proyectada aparece como un hito de la televisión: se premia el saber, la memoria, la cultura y el conocimiento. Todo lo contrario a lo que se ha promocionado en la España de las últimas décadas. Y así nos ha ido.
Juan Pedro, que así se llama el héroe, era un humilde operador de grúas que trabajaba en el sector de la construcción. Había tenido sus intentos de progresar a través del saber años atrás, cuando comenzó a estudiar Psicología a través del acceso universitario para mayores de veinticinco años. No pudo acabar esa carrera porque su mujer y él tuvieron un hijo y no hubo tiempo ni dinero para proseguir con sus estudios. Para mayor infortunio, hace cuatro años Juan Pedro se quedó sin trabajo como consecuencia de la maldita crisis, especialmente virulenta con todo lo relacionado con el ladrillo. Durante todo este tiempo ha estado buscando trabajo sin fruto alguno, y hace dos años se le acabó la prestación por desempleo.
Nuestro hombre tuvo una reacción inusual ante tamaña adversidad. Empezó con un diccionario de bolsillo, luego adquirió uno mejor y acabó rendido a los encantos del de la RAE y el María Moliner. Estudiaba sus contenidos a razón de seis horas diarias, como un abnegado opositor. Incluso en vacaciones, cuando iba al pueblo manchego de su familia, su madre recuerda que no dejaba los libros. El premio es el que todos conocemos: una buena cantidad de dinero -poco más de un millón doscientos mil machacantes, dentellada de Hacienda al margen- ganado a base de un esfuerzo y un talento que le permitirá dar estudios superiores a sus hijos, disponer de un buen plan de pensiones y llevar a su mujer al Parque Warner -mejor a Disneyland París, Juanpe, ya verás cómo te lo agradece-, aunque seguramente el mejor premio será para él el de ser consciente del deber cumplido y haber triunfado gracias al intelecto y el estudio.
El mismo día que Juanpe ganaba su millonario premio supimos que en un pueblo de Murcia un tipo del que no se nos dijo el nombre había ganado un premio que galardonaba a quien bebiera mayor cantidad de cerveza en veinte minutos. En las bases del concurso, textualmente, se aseguraba que se trataba de beber sin parar durante ese lapso de tiempo el mayor número de litros de cerveza hasta que el cuerpo aguantara. El ganador bebió cerca de seis litros, fue condecorado como indiscutible vencedor y a los pocos minutos se sintió mal. No llegó al hospital, porque a las puertas del mismo sufrió una parada cardiorrespiratoria irreversible.
Son dos modos diferentes de competir, uno blandiendo el talento y el estudio y el otro intentando hacer valer la brutalidad y el salvajismo. Es el eterno dilema del hombre, que a lo largo de la historia ha opuesto la razón de la fuerza a la fuerza de la razón.

Por cierto que el concurso ese de la cerveza estaba patrocinado por un ayuntamiento e incluido en el programa de fiestas patronales del mismo. El consistorio decidió suspender dichas fiestas, todo un detalle, aunque haya hecho falta un muerto para ello porque, como también explican las crónicas, el concurso se llevaba celebrando nada menos que desde hace quince años. Otra vez la España Negra.