Carlos del Pozo

Calentando motores

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De aquí a pocos días comienza el Mundial de Fútbol de Rusia. A mí los mundiales me recuerdan mis diferentes edades, desde el primero del que soy consciente -Alemania 1974, con diez años- hasta el que ganamos en Sudáfrica el día en que cumplía cuarenta y siete. Algunos coincidieron con momentos importantes como la Selectividad -España 1982-, otros con la preparación de las oposiciones -México 1986- y hasta alguno con el nacimiento del hijo -Francia 1998-, pero todos los he seguido con regularidad y mesurada pasión. Recuerdo aquél mundial de Argentina en 1978 en que por vez primera vi jugar a España en un campeonato del mundo, o aquél de Corea 2002 con los partidos a las doce del mediodía, aprovechando el café administrativo para seguir los partidos los días laborables o montando unos almuerzos gloriosos en el jardín de casa los fines de semana.
Todo mundial es diferente y significa una ilusión que nos devuelve la infancia y la adolescencia en estado puro como ningún otro acontecimiento es capaz de hacer. Los jugadores, las camisetas, los gestos de los entrenadores, las formas novedosas de celebrar los goles… En los mundiales se inventó la ola, nacieron las vuvuzelas, se pusieron de moda los papelitos multicolores. También surgieron diferentes formas de refrescarse. Desde la vieja botella de agua hasta las bolsitas con líquido del mundial mexicano. Veremos qué novedades nos da el campeonato ruso, ya que los rusos suelen ser gentes raras y frías, tipos especialmente indomeñables a quienes la historia desvela que nadie fue capaz de sitiar. Es la hora del caviar y el vodka.
De momento la novedad más descollante es que no se permitirá entrar en el campo con trompetas, tambores, vuvuzelas y otros instrumentos ruidosos. La verdad es que lo de las vuvuzelas del mundial surafricano fue algo verdaderamente insoportable, porque cuando acababa el partido uno no sabía si acudir al otorrino o directamente al psiquiatra. Claro que si no se puede acceder a los estadios con tambores ¿qué pasará con nuestro
Manolo el del bombo?
Llegado a este punto he de confesar que uno no concibe un Mundial de fútbol sin Manolo el del bombo. Un tipo que durante los partidos sudaba más que muchos jugadores y al que su desmesurada manera de apoyar al equipo español le ha costado más de un infarto no puede ser excluido así, de la noche a la mañana, de la gloriosa encomienda de personificar en el golpeo de un tambor al jugador número 12. El nuevo gobierno debería hacer algo para evitarlo, no sé, declararlo bien de interés artístico o promover su candidatura como patrimonio inmaterial de la humanidad. Porque sin Manolo, y más, sin su bombo, un mundial es otra cosa, pero nunca un mundial.