Carlos del Pozo

Los cuadernos de Rusia (II)

sueldos

Estos diez primeros días de Mundial han dejado algunas señales estéticas de relieve: las mujeres iraníes disfrutando del espectáculo como no pueden hacerlo en su propio país, la plaga de mosquitos de la que no se salva ningún estadio y que hace parecer que estemos en el Amazonas o la selva africana, una transmisión televisiva bastante deficiente por parte de los realizadores rusos -tan solo a la altura de los lamentables comentarios de la mayoría de locutores de Mediaset-, y en fin, ese último juez llamado VAR, que decide puntos y partidos no siempre con acierto. Si me permiten la boutade, lo de decidir todo en el bar -con b- es algo profundamente español.

Pero si algo me ha llamado la atención de este primer tercio de campeonato es la traza de algunos entrenadores. En esto de los entrenadores uno creía que lo había visto todo, pero qué va. El de Rusia, la anfitriona, da verdadero miedo, y uno rezaría por no encontrárselo por la calle a deshoras. El de Egipto, el legendario Héctor Cúper, da profunda pena, ayudado de sus dos muletas y desgañitándose para que le comprendan sus pupilos, poco versados en lengua castellana. A Tabares, el uruguayo, los suyos le entienden, pero tiene que dar las instrucciones sentado, y cuando se cabrea se levanta ayudado de otra muleta; puede que estemos en el Mundial de los entrenadores lisiados, porque el inglés Southgate se dislocó el hombro el otro día y los seis goles que sus chicos le endilgaron a Panamá los hubo de celebrar entre dolores. Pero viendo a Löw, el alemán, embutido en unas vulgares camisetas azules que parecen adquiridas en las rebajas de Carrefour, y al argentino Sampaoli con unas zamarretas negras que delatan su barriga cervecera, estoy convencido de que Fernando Hierro, que nunca fue un prodigio de finura ni distinción, es el entrenador estéticamente más lúcido.