Carlos del Pozo

En el principio fue un premio

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Acabo de terminar de leer Caneja, una mirada del siglo XX, de Javier Villán, un libro publicado hace quince años y que rescaté en el fondo oceánico de una librería de viejo de Gerona. Es una curiosa aproximación biográfica al gran pintor palentino Juan Manuel Díaz-Caneja (1905-1988) a partir del diario íntimo del escritor relatando sus cuitas como albacea testamentario del artista. Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es la amistad del autor con un tal Gonzalo Ortega Aragón, junto a quien estudió en el Seminario de Palencia -los dos lo abandonaron casi a la vez- y con quien también estuvo compartiendo pensión en Madrid, en la calle de la Montera, y trabajando de camareros ambos en Canet de Mar. Esa revelación me ha llevado a volver la vista atrás casi treinta años.
          En 1987 y tras un par de intentos frustrados terminé mi primera novela. Era una novelita de cien páginas, muy inocente, que intentaba explicar a través de la biografía de una famosa actriz -fácilmente reconocible en Concha Velasco- la cotidianidad española durante el franquismo. Mandé el original a un premio que auspiciaban en Palencia destinado a escritores menores de treinta años y crucé los dedos. Al cabo de unos meses, cuando me había olvidado del asunto, recibí una carta que aseguraba que había ganado el premio y me emplazaba a recogerlo apenas un par de días después. Esa misma semana a mi padre le había dado un infarto y se estaba recuperando en el hospital Ramón y Cajal, frente a nuestra casa. Cuando fui a verle y le enseñé la carta me dijo que no dejara pasar la oportunidad y fuera a recoger el premio, que él estaba bien y me esperaba a la vuelta para que le contara cómo había ido. Toda la familia de mi padre procede de Palencia y lo que procedía en esos momentos era dedicarle el libro, cosa que por supuesto hice.
           Me metí en un tren que tomé en Chamartín al filo de la medianoche y frisando las cinco de la mañana llegué a Palencia. Era verano, pero hacía frío y recuerdo un par de docenas de trabajadores de la construcción que tomaban el tren a Madrid a esa hora para trabajar. Palencia estaba cerrada hasta el amanecer y deambulé por sus calles con aquella carta como único equipaje, como seña de inequívoca identidad. Recuerdo la calle Mayor, solitaria y espectral, evocando la misma Calle Mayor que Bardem había filmado treinta años atrás. Tras abrir la primera cafetería y tomarme mi primer café, volví a recorrer las calles del casco viejo y me detuve frente a la redacción del Diario Palentino, el periódico por antonomasia de la ciudad y su provincia. Quise que allí alguien me confirmara la hora del evento y el evento mismo -todavía no me lo creía-, y un ordenanza me pasó al despacho de un señor con gafas de muchas dioptrías y cabeza hundida en el cuello. El tipo comenzó a hacerme preguntas sobre mis estudios y mi literatura y a tomar notas conforme yo le respondía. Al día siguiente aparecía una entrevista en el Diario Palentino titulada Carlos del Pozo, una vocación literaria irrenunciable. La firmaba Gonzalo Ortega Aragón.
           Al año siguiente, con mi padre ya recuperado, acudimos toda la familia a Palencia a la presentación del libro. Ortega Aragón, en nombre del jurado que la premió, esbozó un magno discurso sobre mi novela terminando con un solemne he dicho. La vida después me llevó por unos meandros llenos de mudanzas y despedidas que me hicieron abandonar la escritura durante varios años, mas no la vocación literaria. Cuando me recuperé de esa pertinaz sequía creadora gané otro premio de novela en Galicia y le mandé a Ortega un ejemplar de la novela con una carta en la que le reconocía como mi descubridor. Nunca me contestó y puede que eso no tenga importancia. Sí la tiene el hecho de que la edad que yo tenía cuando gané ese primer premio en Palencia es la misma edad que Ortega tenía cuando trabajó de camarero en Canet de Mar. Que mi vida y mis amigos transcurren desde hace más de veinte años en ese hermoso pueblo de la costa catalana. Que mi padre, en fin, desde hace treinta años goza de una excelente salud y yo puedo seguirle dedicando libros a la mínima ocasión que el azar quiere que así sea.