Carlos del Pozo

Paisaje después de la batalla

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He esperado unos días para reflexionar acerca del legado que nos ha dejado la tetralogía de clásicos Madrid-Barça del último mes. Lo que más agradece uno es que, como en cualquier cruenta pesadilla, por fin todo haya acabado. Pero lo cierto es que estos días, a costa de esos cuatro enfrentamientos, se ha hablado muy poco de fútbol. Yo, para no ser menos, hablaré lo justo.

           Alguien que desde hace años ejerce como filósofo, Jorge Valdano, hizo una síntesis muy peculiar: en cuatro partidos hubo dos empates -ambos a un gol- y una victoria para cada bando, por lo tanto la igualdad ha quedado bastante patente. Sin embargo yo creo que de esos resultados hay que deducir que el Madrid, con su victoria, ganó un título, pero que los otros tres resultados sirvieron para dejar a es mismo equipo fuera de la Liga y la Champions. Errores arbitrales y otros fantasmas al margen.


           Esos partidos nos han revelado, del lado madridista, un revolcón en las tendencias hasta ahora observadas. El Madrid ha pasado a ser un equipo llorón, victimista, perseguido por todos los estamentos del fútbol y, lo siento, perdedor. O sea, lo que fue durante décadas el Barça, que le echaba la culpa de todo a Franco, aunque habrá quienes ahora se la echarán a Zapatero de la mudanza. Puede que hayan existido algunos errores arbitrales graves pero ¿cuándo no los hay? Los árbitros son muy malos todos, aquí y en el resto de Europa, incluso los que designan para la final de un Mundial. El entrenador merengue, ese portugués de gesto arrogante y cabellos de color ceniza, dijo tras el 5-0 del Camp Nou de la primera vuelta que aquel era un resultado más. No lo fue, porque condicionó su postura en los cuatro partidos o en buena parte de ellos, exhibiendo su equipo un complejo de inferioridad que en tiempos fue monopolio de los blaugranas. De haber sido más valiente -y con excelentes jugadores contaba para ello- hubiese sacado mejores frutos frente a un rival deshecho por las lesiones y con la gasolina justita en lo físico, un rival que hace pocos goles y que ni por asomo practica el juego bonito de otras épocas. Un rival que sin dudarlo -y que por algo es catalán, dirá algún malediciente- ha vivido de las rentas durante esos cuatro partidos.
           Desde la trinchera barcelonista se han visto las cosas de otro modo. No ha habido ningún error arbitral -salvo que quizá debieran haber sido expulsados un par de jugadores merengues más en cada partido-, el Madrid practica el antifútbol, sus jugadores son auténticos carniceros y hay que ver la diferencia con nosotros, que bordamos el fútbol y todo el planeta admira lo bonito que lo hacemos. Siempre pensé que Guardiola era un caballero, pero también que habría que ver cómo reaccionaría la primera vez que perdiese. Algo ya se vio el año pasado cuando fue eliminado de las semifinales de la Champions por el Inter. Ahora se ha evidenciado en la final de la Copa del Rey. Él nunca habla de los árbitros, pero le sorprendió mucho la buena vista que demostró el línea de ese partido cuando anuló un gol de los suyos por un fuera de juego de milímetros. Cuando se le censuró el gesto, él replicó que sólo había querido felicitar al asistente por su clarividencia.

           Mucho se ha comentado en el decurso de la tetralogía acerca del estilo de uno y otro equipo. Se ha dicho que son dos estilos opuestos, cosa que no sé qué quiere decir ya que no conozco escritores, pintores o cineastas que tengan entre sí estilos opuestos sino tan sólo distintos. El Madrid, si hay algo que está claro, es que no sabemos qué estilo tiene desde hace ya muchos años. Eso es lo que ocurre por tener tantos entrenadores, la mayoría de los cuales a su vez no tienen un estilo definido. En el Barça, según su entrenador, está claro: desde los diez años aprenden un estilo y una ética propios, y en el terreno de juego plasman un modo hermoso de jugar que es la admiración de todos los terráqueos. No sé si dentro de ese estilo encajan demasiado los insultos racistas al contrario o esas simulaciones de dolor y torturas que hemos visto estos días. Lo que sí que sé es que su triunfo en estos días es -como dijo el seleccionador suizo, a quien nadie sabe quién le ha dado vela en este entierro- el triunfo del fútbol. Bueno, pues ándele, ándele, y sobre todo ¡viva el fútbol!