Carlos del Pozo

El Maradona de la Rambla

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Desde hace dieciséis años, Joan Sabaté Estruch, un tipo de sesenta y dos, chaparrete, enjuto y chupado de cara, hace invariablemente lo mismo cada mañana: coge el tren en su natal Sant Feliu de Llobregat, una ciudad que dista un cuarto de hora de Barcelona, y desembarca en la Ciudad Condal para hacer en plena calle lo que mejor sabe: malabarismos y acrobacias con una pelota de fútbol. No en vano tiene acreditado el récord Guiness de toques de balón sentado en el suelo -ni más ni menos que diecisiete mil; tan laboriosos de consumar como de ser contabilizados-, y de esa pericia perpetrada en público y a diario en la Rambla de Canaletes, frente a la célebre fuente de las celebraciones blaugranas, en el rincón donde nace la calle de Canuda, le viene la fama que le ha llevado a ocupar un lugar de relieve en todas las guías de turismo del mundo. Sabaté, el Maradona de la Rambla, tiene idéntico atractivo para la extranjería oscilante que viene a fotografiar Barcelona cada día que el Mercado de la Boquería, la estatua del señor Colón o las paradas de flores de la Rambla de las flores, y ese público y la gente del barrio jalean sus habilidades en un ejercicio cotidiano que forma parte indisoluble del paisaje de nuestra Rambla.
Sabaté suele presentarse con una tarjeta de visita en la que se autodenomina
Técnico en fútbol base y Recórdman mundial de toques de balón sentado, brindándose para ofrecer clases particulares a quien lo precise. Con su balón y su samarretadel Barça con el nombre de Maradona en el dorso ha triunfado en países tan dispares como Alemania o Hungría, y hace unos años volvió de Salamanca con un emotivo homenaje a las espaldas que nuestro hombre siempre recuerda con verdadera gratitud, aunque muchos le reprocharan que no se trajera también consigo los ansiados papeles. Cada día se da a la misma liturgia cotidiana: se toma un café en el legendario Zurich de la Plaza Cataluña, en cuyos lavabos se encasqueta su traje de faena, rellena su botella de agua en la fuente de Canaletes y durante veinte minutos despliega un suave calentamiento para tener los músculos y ligamentos a punto. Luego, a sacarle adjetivos al balón desde su borceguí durante dos horas, sin apenas pausas. Sabaté es, reconozcámoslo, poesía en movimiento.
Desde hace unas semanas, sin embargo, el artista ha enmudecido y ya no puede ofrecer sus virguerías con el esférico al respetable. Una absurda ordenanza del paisaje urbano dictada desde los despachos del consistorio local le impide consagrar su ingenio a las habilidades que pertrecharon su leyenda, y el Maradona de la Rambla, en el mismo lugar donde le es vedado recrearse en su probado dominio del balón, recoge firmas y arracima recortes de prensa que denuncian su inmovilidad. No puede aparecer con su balón porque si lo hace se arriesga a otra detención como la que ejecutó hace unos días una patrulla de la Guardia Urbana, cuyos miembros se lo llevaron como a un vulgar delincuente y le requisaron sus instrumentos de trabajo, entre ellos su pelota preferida -la
María, llamada así en honor a su señora esposa-, imponiéndole una multa de trescientos euros. La escena es evocada por Sabaté con amarga pesadumbre, pues uno de los guardias que le detuvo hubo de reconocer durante su conducción a Jefatura que cada día, cuando era un niño y enfilaba el camino del colegio, se paraba unos minutos en la Rambla para disfrutar con sus prodigiosos toques de balón.
La luminosa idea de sacarle tarjeta roja a Sabaté procede de un tal Carles Martí, que uno se figura que debe ser uno de esos concejales obsesionados por el diseño y las palmeras a que nos tiene acostumbrados la Barcelona postolímpica. El Maradona de la Rambla forma parte de la historia de la que es la arteria central de la ciudad como en su día lo fueron la popular Moños, el travestí Ocaña o la recordada Mary Santpere. Quitarlo de en medio como se ha hecho,
manu militari y expropiándole su herramienta de trabajo -que, como él mismo asegura, debiera de estar en el museo de la ciudad, y no en los oscuros archivos policiales- es un delito de lesa municipalidad del que algún día alguien se arrepentirá. Mientras tanto, a los vecinos, amigos, conocidos, en fin, a la Rambla en pleno, sólo nos queda luchar por un futuro mejor en el que ciframos nuestro más inmediato deseo: que vuelva Maradona.