Carlos del Pozo

Varguitas, la tía Julia y el jefe de la oposición

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A los que nos peleamos con el castellano cada día para inventar personajes y contar historias, la concesión del Premio Nobel de literatura a Vargas Llosa nos ha llenado de gozo. Veinte años hacía que en Estocolmo se hacían los suecos con el idioma español y no han podido elegir mejor triunfador para acabar con la mala racha. Vargas Llosa es el escritor total, la literatura perpetua, un hombre que ha llenado tantos buenos momentos de nuestras vidas con sus historias y que merecía el galardón, aunque éste, si se me permite, haya llegado un poco tarde.
Uno escucha los ecos de ese premio y en un instante ve pasar ante su memoria los libros con los que crecimos, como
La ciudad y los perros, que no sólo fue el primer libro de Vargas Llosa, sino también el primero que yo leí de él por recomendación de Fernando Doménech, mi catedrático en el Instituto de Colmenar Viejo. Después vendrían muchos más, pero yo siempre mostré predilección por sus novelas menores -para mí las mejores-, como Elogio de la madrastra, Los cuadernos de Don Rigoberto, La tía Julia y el escribidor o Las travesuras de la niña mala. Las voluptuosidades de esos personajes femeninos poniendo a prueba el aprendizaje del joven escritor -o traductor- y mezclando con maestría ficción y realidad me parecen más interesantes que sus incursiones en la novela política, casi balzaquiana, pero eso, como todo, se reduce a una cuestión de gustos.
De igual modo, piensa uno, como mucha gente, que el más brillante Vargas Llosa no reside en el novelista sino en el ensayista. Sus estudios sobre
Madame Bovary, Tirant lo Blanc, Los Miserables o la obra de Juan Carlos Onetti -el último- son obras amenas, perspicaces y de un mérito sin igual. Y el mejor del género, sin duda, es La verdad de las mentiras, pequeños y deliciosos ensayos -treinta y seis- sobre obras maestras de la literatura universal que debería ser obligatorio en los programas de la ESO y el bachillerato. Con leer ese libro, sólo ese libro durante un curso, sacarían más en claro nuestros jóvenes que con la docena de bodrios que les suelen mandar leer cada año. Entre tanta felicitación al maestro, algo que censurar. Desde España, nos dicen los medios de comunicación, le llegaron parabienes de sus compañeros académicos de la RAE, del Rey, del Presidente del Gobierno y del jefe de la oposición. Y en este punto me pregunto yo: ¿qué pinta aquí el jefe de la oposición? Si hubieran dicho que el señor Rajoy le felicitó a título de Presidente del PP tendría un pase, ya que el escritor ha mostrado últimamente sus simpatías hacia ese partido. Pero ¿qué es ser en este país jefe de la oposición sino el caudillo de los perdedores en las urnas? En el Quijote se decía aquello de  “…y si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio…”, pero aquí hemos institucionalizado la figura del perdedor y éste ha de ir siempre en la misma fila que el ganador en los entierros, en las bodas y en las felicitaciones a deportistas y escritores. Y así nos luce el pelo.

P.D. Mientras redactaba estas líneas, la televisión comenzaba a retransmitir el partido de fútbol España-Lituania desde Salamanca. En el palco de autoridades no estaba ningún miembro de la Familia Real ni del Gobierno. Pero sí estaba el jefe de la oposición. Menos mal.