Carlos del Pozo

Retorno a Chamartín

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Las pasadas navidades regresé a una edad que ahora veo bastante remota, la de mi primera y segunda juventud. Una edad que ocupé, entre otros afanes, acudiendo al estadio del club de mis amores -que se decía antaño- a ver el juego de ese equipo idolatrado y denostado a un tiempo al que todos conocen por Real Madrid.
La primera vez que fui a Chamartín -permítaseme que así le llame al Bernabéu- fue en 1974, en un partido de Liga contra el Granada. Nos llevó mi padre a mi hermano Javier y a mí, que andábamos en los diez y once años y requeríamos de una tutela adulta, porque a mi padre la verdad es que nunca le interesó el fútbol y si se le pedía que se definiera en ese campo lo hacía declarándose como antimadridista y tibio seguidor del Atleti. Jugaban por entonces Pirri, Del Bosque, Santillana y Benito, consumían sus últimos días futbolísticos Manolo Velázquez y Amancio, y comenzaba a despuntar un implacable defensa llamado José Antonio Camacho. El resultado -cuatro a uno- es lo de menos. Lo importante es que ahí comenzó un período de afección hacia unos colores que dura hasta hoy y que genéticamente tiene continuidad.
Después, ya adolescentes, mi hermano y yo acudimos en innúmeras ocasiones a Chamartín en compañía de los amigos. Solíamos adquirir a cincuenta pesetas unas entradas de Fondo en tercer anfiteatro -el gallinero de los estadios- destinadas a menores de catorce años, pero eso lo hicimos incluso cuando ya frisábamos la mayoría de edad. Y si merecía la pena y no se ponían a la venta esas entradas, estirábamos la paga semanal, nos dábamos un lujo y comprábamos segundo anfiteatro lateral.
Así pudimos disfrutar de la Quinta del Buitre, la mejor generación de la cantera blanca en toda su historia, y ver con nuestros propios ojos las rosquitas de Míchel desde el extremo derecho, las salidas de balón de Sanchís, los pases imposibles de Martín Vázquez y con nuestros oídos escuchar el silencio del estadio cuando Butragueño se paraba delante del defensa rival con el esférico cosido a su bota e inmóvil y nadie sabía -empezando por sus propios compañeros- qué virguería se disponía a perpetrar.
El otro día estuve de nuevo en Chamartín con mi hermano y con mi hijo Víctor, que pese a ser catalán es un gran madridista, pues llegó al mundo acompañado de la Séptima la misma noche del gol de Mijatovic. Fueron las mías unas sensaciones ciertamente raras: ya no había hombres tirando de puro y Farias en las gradas, y sí decenas de japoneses y chinos fotografiando todo lo que se les pusiera delante. En los marcadores electrónicos aparecían las fotos de los jugadores en las alineaciones y desde los altavoces se escuchaba la voz de un moderno speaker que jaleaba a las masas con su verborrea. A nuestro lado obraban unas pantallas que repetían las jugadas, y entonces ya no había debate posible acerca de éste o aquél penalti. Había muchas chicas y mujeres, algo realmente estupendo. Incluso en nuestra localidad, como en todo el estadio, gozamos de la presencia de unas potentes placas de calefacción y estábamos a resguardo de una más que viable amenaza de lluvia. Además, el Madrid ganó.
Pero me faltaron algunas cosas: la quinta del buitre, los amigos del Instituto, la inocencia dormida, y sobre todo un futuro cuyo horizonte nunca acababa. En aquél estadio, como cantaba Raphael, uno pasó de la niñez a los asuntos. Y en esas estamos ahora.