Carlos del Pozo

La zancadilla

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Resulta tan hermosa como terrible la historia de ese refugiado sirio al que vimos hace unas semanas zancadilleado por una supuesta periodista húngara. Pero viendo las imágenes uno siente un profundo desprecio por lo miserable que puede llegar a ser el ser humano, dado que la citada individua, de nombre Petra Laszlo, ya había propinado antes de esa secuencia diversas patadas a otros niños, también refugiados sirios, que huían de la policía húngara cerca de la frontera de su país con Serbia. En las imágenes podemos ver cómo esta señora, que luce una curiosa mascarilla blanca cubriendo tanto su boca como su nariz -seguramente para no ser contagiada por la chusma vaya usted a saber de qué-, zancadillea al pobre refugiado, que lleva a su hija en brazos, en vez de captar con su cámara de fotografiar la acometida de la policía de su país contra la plebe. Eso sí, una vez el pobre Osama Abdul Mohsen -así se llama el pobre hombre- ha caído al suelo con su hija en un brazo y una bolsa de enseres en la otra mano, entonces sí, procede a inmortalizar la escena.
Aparte de ofrecernos una orientación de por dónde van los derroteros del periodismo húngaro –que se ha apresurado a destituir a la intrépida reportera-, uno no concibe cómo alguien que está llamado a ser notario de la actualidad y explicar el absurdo mundo en que vivimos puede, abusando de su posición, humillar aún más a seres que huyen de una guerra. Y cómo puede hacerlo alguien que, cuando nació, aún pervivía un muro o telón inadmisible que dividía a los ciudadanos de Europa en dos por mor de las ideologías de los gobernantes de sus países. Mucho menos entiende uno que un país como Hungría, que durante tantos años sufrió la dictadura comunista y a quien Europa abrió los brazos, ahora levante muros y alambradas para evitar dar cobijo a seres que, como ellos años atrás, sufren la insensatez y la paranoia de sus gobernantes.
La historia de Osama Abdul Mohsen, como todos sabemos, ha acabado bien. De no ser por esa ignominiosa zancadilla, lo más seguro es que el Getafe C.F. no se hubiera fijado en él y no le habría contratado como entrenador para sus divisiones inferiores. Tampoco hubieran podido acceder a una vivienda él y sus dos hijos ni habría posibilidad alguna de reagrupar al resto de familia –su esposa y un tercer hijo- en la nueva ciudad de acogida. Al parecer Osama Abdul Mohsen era entrenador de un equipo de primera división de fútbol en su país y trabajará en lo que mejor conoce, esto es, el fútbol.
El gesto, por parte de la ciudad de Getafe y su club, asombra y conmueve. No hay duda. Pero ¿y qué hacemos con aquellos que sólo han recibido la zancadilla de su dictador expulsándolos de su país y no la segunda zancadilla de aquella malnacida que se decía periodista? En los próximos meses vamos a ver numerosas muestras de solidaridad por parte de la ciudadanía y la sociedad civil, pero seguramente no serán suficientes. Es la hora de los políticos, pues, y que no se escuden en que estamos en precampaña electoral, por favor.