Carlos del Pozo

Crónica de las miserias cotidianas

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Hace unos días murió Forges y creo que un editorialista de La Vanguardia fue quien más atinado estuvo cuando definió al gran humorista madrileño como cronista de las miserias cotidianas. El matrimonio, la burocracia administrativa, la corrupción política, las relaciones de trabajo o la soledad pueden dibujarse de muchas maneras y con mayor o menor acierto, pero es difícil hacerlo con el estilo personal e inimitable que a lo largo de más de medio siglo trazó Antonio Fraguas de Pablo, que es como en verdad se llamaba nuestro hombre. El apodo -su madre era catalana- le viene de traducir al catalán la palabra fraguas.
Hay quien cree que el humor es algo jocoso, divertido y festivo. Mala concepción tendrá del mismo quien así piensa. Decía Boris Vian que el humor es la cortesía del miedo. Bien, tal vez no sea para tanto. Pero lo que sí creo es que el humor intenta retratar nuestros sinsabores de cada día procurando ponerles una sonrisa o, al menos, forzándonos a olvidar el padecimiento que nos procura un mal momento, una nefasta noticia o un revés en nuestra suerte. Creo que es así como pensaba Forges y como cada día desde el periódico o las revistas nos lo intentaban transmitir sus inconfundibles figuras.
Pero creo que lo mejor de este humorista es que siempre apostó por la ironía en detrimento de la burla, y que fue infinitamente más melancólico que cruel. Es por ello no sólo que pasó por redacciones de muy diferente perfil, sino que personas y políticos -algunos políticos también son personas- de un abanico ideológico muy variado reconocieron su talento y disfrutaron con sus chistes. Hay en esos chistes crítica, denuncia, y si se quiere hasta indignación, pero siempre con una elegante manera de explicar y dibujar cada asunto, desprovistos de cualquier tipo de grosería. Una grosería que, por desgracia, abunda últimamente tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales.
Por eso yo creo que, después de la muerte de Perich, Chumy Chúmez y Summers, se ha ido el último humorista gráfico de nuestros periódicos. A mí el resto apenas me gusta, ni siquiera aquellos que ocuparán su espacio en
El País, donde publicó los últimos veintitrés años sus viñetas. Sin querer desmerecer su trabajo creo que la mayoría de ellos son más caricatos o dibujantes que humoristas, y algunos otros hacen necesarias para el lector unas cuentas sesiones de diván con el psiquiatra para ser entendidos.

La gran novela de Forges está, sin duda, en ese puñado de personajes que representan todos los estratos de nuestra vida cotidiana, notarios de una actualidad poco complaciente y en ocasiones dolorosa. Su acierto fue también hacerlos hablar con un lenguaje muy familiar, el que cada día se escucha en la calle, con lo que sus palabras inventadas -muchas de ellas han pasado a la posteridad- no son producto de un desliz frívolo sino más bien de un talento innato para nombrar con éxito las cosas. Su corazón ha dejado de latir, pero el aroma de sus dibujos nos acompañará por mucho tiempo. En mi mesa de trabajo, desde hace veinte años tengo una taza de café donde alojo bolígrafos, rotuladores y lapiceros. En esa taza hay un dibujo de Forges en el que Concha le dice a Mariano: Ya no me dices nada de mis sensuales caderas. Y Mariano, que no ha desviado sus ojos del periódico que lee, contesta: Es que estoy reunido.