Carlos del Pozo

Un brindis por la pionera

pionera

Sin haberla conocido, decía Juan Pedro Quiñonero que Pilar Narvión era una mujer con mucho trapío. Uno aún se la imagina apartando la metralleta de ese Guardia Civil que custodia una de las entradas del Congreso la noche del 23-F y al que le exige que la deje salir porque tiene que ir a su periódico a escribir su crónica, y entonces ya no hay dudas acerca del carácter de esta mujer, periodista de raza, tenaz como buena aragonesa que era e incansable luchadora por esa quimera que hace medio siglo era ver a las mujeres ocupar corresponsalías, verter sus opiniones en columnas periodísticas o entrevistar personajes de actualidad. La misma que el pasado verano, casi en silencio y sin alharacas, nos dejó a los noventa y un años de edad.
Fue pionera en casi todo cuando el periodismo era un coto vedado a los hombres, en esos tiempos en que las redacciones de los diarios carecían de lavabos de señoras y a las pocas mujeres que escribían, si lo hacían muy bien, se les decía que escribían como un hombre. Crónica social, corresponsalía en el extranjero, columna política, crónica parlamentaria y artículos sobre la mujer adquieren en la máquina de escribir de Pilar Narvión una tonalidad diferente, pasado todo por el tamiz de la profesionalidad y el rigor, y con una visión puede que conservadora de la vida pero también terriblemente independiente. Con la máquina de escribir soy capaz de asaltar el Pentágono; sin la máquina de escribir no soy nada, solía decir.
Hace tres años, con ocasión de la biografía sobre su vida que un día tuve la temeridad de escribir, tuve ocasión de hablar por teléfono con ella y pude comprobar cuánto le apenaba el escaso número de mujeres que había dirigiendo medios de comunicación o al frente de las redacciones. Decía que donde más mujeres se veía era a pie de calle, en las noticias en directo de la televisión: la mujer, desde la antigüedad, sigue estando en la calle, no hemos avanzado casi nada, aseguraba algo burlona. También me dijo entonces que, pese a los achaques de la vejez, cada mañana hojeabaEl País, ABC, El Mundo y La Vanguardia y por la tarde leía un libro. En ese momento estaba con El asedio, de Pérez-Reverte, uno de sus discípulos del diario Pueblo.
Como también aseguró en alguna ocasión su sobrino Javier Capitán, el conocido humorista, en los últimos años una sordera le había hecho perder a Pilar Narvión casi el oído, pero a cambio había ganado en lucidez mental. Lo bueno sería tal vez recordarla ahora, editar algún libro con sus mejores crónicas y que cuando su nombre se pronuncie haya más de una persona que con menos de cuarenta años sepa quién fue. Porque lo cierto es que su desaparición ha merecido muy poco relieve en los medios de comunicación españoles y a día de hoy, pese a la importancia de su persona, puede que haya mucha gente que aún no la conozca.