Carlos del Pozo

Incendios

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Hay una novela de Richard Ford que me gusta especialmente. Se titula como esta crónica, Incendios, y en ella, su protagonista, Joe, un joven de dieciséis años, nos cuenta cómo en el verano de 1960 Great Falls, en el estado de Montana, ardió por los cuatro costados. Su padre, que había perdido su trabajo semanas antes, decide alistarse en las brigadas de voluntarios reclutadas para sofocar un fuego que no parece tener fin. Tan solo formará parte de ese voluntariado tres días, los suficientes para que su madre se enamore de otro hombre. Joe, en un ejercicio duro aunque necesario de aprendizaje vital, comprueba cómo esos incendios han sido capaces de arrasar una vida monótona y feliz, la de su familia hasta entonces, y reducir a cenizas años de dicha y amor.
A cuenta de los terribles incendios acaecidos hace unos días en mi querida Galicia -también en la vecina Portugal, y hasta en Asturias-, me ha conmovido una imagen que mostró uno de los telediarios, no recuerdo bien de qué cadena. En ella, un anciano de ochenta y nueve años, de quien probablemente se difundió su nombre y hasta su apellido, pero que tampoco recuerdo -y qué poco importa eso-, pasea, bastón en mano, por las esquirlas y las cenizas de lo que un día fue su casa. El tipo va recorriendo lo que durante muchos años fueron las estancias de esa morada suya: el establo donde vivían los animales, la cocina, la despensa, el corral, los dormitorios. El hombre no conseguía hilar palabra, tan sólo emitía unos gemidos casi inaudibles que parecían los de un bebé desconsolado. Recorría aquellos vestigios como ese gato ciego que no logra encontrar algo de alimento para calmar su hambruna. La autora del reportaje aclaraba que aquella casa era donde el anciano había nacido en el primer tercio del pasado siglo, cuando la gente nacía en las casas y muchos críos aguantaban con vida unas pocas horas, pero también aseguraba que nuestro hombre había emigrado a América apenas adolescente para buscar un futuro mejor, regresando años después a aquella casa que ahora no existía para ver pasar los últimos años de su vida en ella.
Vivo en Cataluña desde hace cerca de treinta años, más de media vida. Podría decir que amo esta tierra y a sus gentes, y no mentiría, aunque siempre he huido de frases melifluas que lo único que pretenden es quedar bien con todo el mundo. Vine aquí porque quise y me quedé aquí porque siempre pensé que había encontrado mi lugar en el mundo. Carmen Martín Gaite, la entrañable Carmiña, siempre decía que, a la gente hay que tratarla como a personas, por si acaso lo fuesen. Yo es lo que he querido hacer siempre, aunque últimamente me cuesta más.
De un tiempo a esta parte algunos políticos de mi lugar en el mundo se han empeñado en ir rociando gasolina los esquejes de nuestra convivencia, amenazando con encender la cerilla y hasta de arrojarla a nuestro paso. Ha sido un poco como esos aterradores incendios de Galicia que veíamos por la televisión estos días: apenas somos conscientes de cómo se iniciaron, conforme se iban propagando los servicios de bomberos se afanaban en aplacarlos, y cuando el fuego llegaba a las viviendas nadie sabía ya cómo sofocarlos. Yo espero que las cenizas y las esquirlas de nuestras vidas, nuestras convivencias fracturadas y nuestro futuro, no acaben como la casa de ese anciano que uno, ahora piensa, ya no sabe dónde morará sus últimos días de vida. Eso, si es que la vida, para él, sigue teniendo algún sentido.