Carlos del Pozo

Dos días de aquel Marzo

11m

JUEVES ONCE
          Me gustan los días en que me toca comenzar libro porque es como ir renovando los sueños después del hastío que te deja la jornada anterior. El placer, sin embargo, comienza la víspera por la noche, cuando de entre todos los volúmenes del anaquel se trata de escoger el que creemos que nos prometerá mayor gozo. Esta vez le ha tocado la suerte –o quién sabe- a un libro en donde se condensan todos los cuentos del guatemalteco Augusto Monterroso.
          Como cada día, llego a la estación de tren de Llavaneres con el tiempo justo. Con el tiempo justo de dejar el coche mal aparcado y salir corriendo a cancelar mi billete para ir al asalto del primer vagón con asientos libres que encuentre. Los viajeros se muestran como cada jornada: audaces, vocingleros y ávidos de hablar en voz alta a través de su móvil a cuenta de fruslerías varias con otras personas consagradas a idénticas aspiraciones. Yo, por mi parte, ya he comenzado el libro de Monterroso, y lo he hecho con un relato que explica la peripecia de un tal Percy Taylor, que hacia 1930 dejó Boston para largarse a la selva amazónica y montó junto a un tío suyo de Nueva York, Mister Rolston, un verdadero emporio de importación de cabezas de indígenas difuntos convenientemente reducidas. La historia está contada con esa peculiar capacidad de fabulación del guatemalteco y a mí me ayuda a superar toda la retahíla de conversaciones de móvil pronunciadas a gritos. Deben ser las siete y media de la mañana. Como cada día.
          Llego al juzgado a eso de las ocho y mecánicamente se reproducen los mismos gestos del día anterior: abrir el ordenador, perpetrar un par de cafés en la maquinita de filtros y abrir el periódico por la página de deportes. Al cabo de un rato recuerdo no sé qué banalidad y llamo a casa. Me responde mi mujer con enfado contenido; la he pillado saliendo de la ducha y ha puesto perdido el suelo de agua para atender una llamada –la mía- que por la hora se presumía importante y no lo es tanto. Sin dar contestación al objeto de mi llamada -el paradero de las llaves del coche pequeño-, me dice muy seria Ha habido un atentado salvaje en Madrid, con varios muertos. No sabe más porque las noticias son muy confusas. Alguien que quiere hacerse notar en medio de la campaña electoral, pienso yo. 
          De inmediato me conecto a internet a la búsqueda de las últimas informaciones en las ediciones digitales de los diarios. Las noticias son imprecisas, pero al parecer han colocado varias bombas en los trenes de cercanías que hacen cada día el recorrido entre Guadalajara y Madrid, concretamente en las estaciones de Santa Eugenia, El Pozo del Tío Raimundo y Atocha. Llamo a Madrid a mis padres para ver si me aclaran algo, ellos que a esas horas deben estar oyendo la radio. Mi madre está deshecha y me ha recordado –yo no lo sabía- que la nueva empresa donde desde hace unos meses trabaja mi hermano tiene sus oficinas a doscientos metros de la estación de Atocha. Por fortuna no le ha pasado nada, ha llamado rápido y al parecer está bien. Tampoco le ha pasado nada a mi hermana, que coge el tren cada día pero en otra dirección, la que conecta la Sierra con la capital. Simplemente les han dicho que hoy no funcionan los trenes y que si persisten en la idea de ir a Madrid tendrán que hacerlo en autobús.
          Pronto se congregan en mi despacho todos los funcionarios. Se han enterado de la noticia, han llamado a sus casas y les han informado puntualmente de la tragedia. Me preguntan por mi familia y respondo que hemos tenido suerte porque esa zona no la suelen frecuentar y porque la línea de tren de donde vive mi gente finaliza en Chamartín y no en Atocha. Pero la cifra de fallecidos crece con el transcurso de los minutos, ciento cuarenta ahora, y quién sabe si algún amigo o conocido, o algún familiar de éstos, o alguien que formó parte en su día de nuestras vidas o de las de ellos, en fin, alguien de los nuestros, está en esa fatídica lista.
          Sin tiempo para recuperarme, acabo mi jornada en el juzgado y cojo el tren hacia Mollet para dar mi clase en la Escuela de Policía. Qué extraños en su tenebroso silencio son hoy todos los trenes. Con las clases de esta tarde termino el cursillo que comencé hace cuatro semanas, y como cada día, me gusta llegar media hora antes y tomar un café en un bar cercano mientras acabo de preparar la clase. En el bar, de costumbre un lugar tranquilo y reposado que regenta un ecuatoriano gordito y discreto, hoy la televisión se hace presente con un volumen por encima de lo normal. Los tres parroquianos que en esos momentos alberga el negocio miran boquiabiertos las imágenes de los trenes destrozados y los muertos esparcidos por el suelo y entre las vías, como basuras olvidadas por perros callejeros. Incluso el tipo que no se despega de la máquina tragaperras ni que lo maten le ha dicho al dueño que le cambie en billetes el metálico que tiene en una bolsita de plástico, que él ya no quiere seguir jugando. Asistimos al espectáculo atónitos y de vez en cuando nos miramos de reojo para comprobar, trágicamente, que lo que vemos es terriblemente cierto. El gobierno, con su presidente a la cabeza, atribuye el atentado a ETA, y casi parece que huelga esa aseveración. Lo que no deja de aumentar es el número de muertos: ahora ya van ciento ochenta.
          Nada más llegar al aula, los alumnos me rodean y, sabiendo de mi origen madrileño, me preguntan por la familia y los amigos. Uno siempre desea ser querido y valorado por los demás, aunque rechazaría merecerlo sólo en estas circunstancias. De entrada les digo que éste no es un buen día para dar clase, pero que el programa y la escuela nos obligan porque el próximo miércoles tenemos el examen. Me gustaría, les digo, que en el futuro sean unos buenos policías que contribuyan a garantizar la paz y la seguridad de las gentes, y que con saber que durante estas clases les he ayudado para tal fin, me quedaré contento. Al acabar la clase les agradezco la atención dispensada en los últimos días –creo que ha sido un buen grupo, de los mejores que he tenido- y les deseo mucha suerte en sus carreras profesionales. Se levantan todos y rompen en un aplauso, algo que no me había ocurrido jamás en los ocho años que llevo dando clase en esta escuela. Puede que estuviera escrito que debía ser hoy.
          Cuando llego a casa me abrazo a mi mujer mientras creo que el cuerpo nos tiembla a los dos, como dos novios adolescentes de folletín temerosos de ser pillados en plena efusión amorosa por el temible padre de ella. A los niños ya les han dicho en el colegio que unos malos han puesto varias bombas en unos trenes y que se han muerto muchas personas, incluso algunos niños como ellos. El teléfono no deja de sonar, como ya lo ha hecho durante la tarde, según me refiere mi mujer. Han llamado varios amigos de Cataluña, la amiga francesa de mi mujer, todos me dan ánimos y hacen que nos sintamos nosotros mismos los despojados, los hurtados de unas vidas que, no por ignoradas o desconocidas, dejan de formar parte de nuestras trayectorias. Llama mi hermano también. Dice que ha estado llorando todo el día, por la calle, en el metro, conduciendo, vendiéndoles equipos de precisión a los sanitarios, que es su trabajo. Con un tono de voz tembloroso dice también que esto es atroz, inexplicable. En la televisión aparece el alcalde de Madrid y explica, con voz trémula, algo aterrador: Lo peor de todo es que les hemos visto morir con nuestros propios ojos. A esas horas ya hay ciento noventa seres a quienes ya no podrán volver a ver los suyos con vida.

          El día acaba. Con él, parece que también queden clausuradas todas las mañanas del mundo.

VIERNES DOCE

           Estamos en el día siguiente al día en que se nos paró el reloj, lo que puede parecer un contrasentido, o una indecencia para con el decurso del tiempo, o simplemente una estupidez. En el tren, el paisaje es desolador: cuando subo en Llavaneres no ocupamos los vagones ni la mitad de las personas que lo hacemos el resto de días del año. Siempre tomo este tren a la misma hora desde hace años, y salvo en los períodos en que los universitarios están de vacaciones, en Mataró, la estación siguiente, ya es difícil encontrar algún asiento libre, y a partir de Premià de Mar la gente que sube tiene que hacer el viaje de pie. Hoy no. Hoy en Badalona la gente que sube comprueba con sorpresa –y pavor- que hay asientos para todos. La gente guarda un silencio sepulcral, no suenan los móviles ni hay conversaciones en alto. Todos resguardan sus ojos atribulados bajo el abrigo de la docena de hojas de los periódicos gratuitos, en cuyas portadas destaca por encima de las demás una palabra: matanza. Esos mismos rostros, cuando se descubren, muestran gestos de rabia, de enfado consigo mismos y con el entorno, cuando no de infinita tristeza. Creo que a muchos nos asalta el pensamiento de este tren saltando en mil pedazos en cualquier momento, como los trenes de Madrid, y así, el viaje acaba siendo una letanía interminable, una atroz condena.
          El gobierno sigue insistiendo en atribuir a ETA el atentado, pero ya son demasiadas las fuentes que apuntan la tesis de alguna de las redes del fundamentalismo islámico en Europa. Tras el mazazo de las primeras horas, hay que buscar a esos asesinos y ponerlos a recaudo de la justicia, y a cuarenta y ocho horas de las elecciones, lógicamente, no es lo mismo atribuir la barbarie a unos que a otros, aunque a los muertos y a sus gentes poco o nada pueda importarles esta disyuntiva. En los periódicos comienzan a aparecer los primeros relatos de los supervivientes, y también de los voluntarios, bomberos y psicólogos que están trabajando para atenuar la tragedia. Se dice que, después de unos días, cuando toda esta pesadilla pase -¿realmente pasará alguna vez esto, alguien lo cree así?-, ellos también necesitarán atención psicológica. No es raro, por eso, ver a bomberos y médicos llorando en segunda línea, ellos que cada día viven instalados en el dolor y el sufrimiento ajeno y que parecen vacunados contra todo. Uno de ellos refiere el espanto que le causó entrar en uno de los vagones desvencijados y ver la hilera de cuerpos destrozados mientras sonaba una patética sinfonía de teléfonos móviles que nadie contestaba. El móvil, ese artefacto odioso que transgrede el sosiego de los que cada mañana cogemos el tren, creo que ya no sonará de igual modo que antes en el interior de un vagón. Lo he comprobado esta mañana.
          En el juzgado nos llega el aviso de los sindicatos para un paro de un cuarto de hora a las doce. El funcionario público no ha sido nunca un dechado de productividad ni de esfuerzo sobrehumano en el trabajo, pero hoy, más que nunca, nadie tiene los arrestos suficientes para mover un papel. Leo en El País un texto muy hermoso del cantautor Ismael Serrano sobre el Pozo del Tío Raimundo y Vallecas, el barrio de su niñez, en el que, como evoca, aprendió a mirar más allá del horizonte, allí donde cincuenta años atrás desembarcaron extremeños y andaluces con millones de ilusiones al hombro y en donde los recién llegados eran capaces de levantar una casa en una noche con un poco de cemento y madera, y con mucha ilusión. No puedo más y se me humedecen los ojos. Menos mal que estoy encerrado en mi despacho y nadie me ve, aunque ¿cuántos como yo a esa hora estarán también llorando a los suyos, incluso a quienes no lo son?
                Faltando unos minutos para las doce, bajo a comprar un poco de café para la cafetera a fin de que a la vuelta me pueda incorporar a la concentración en la puerta de los juzgados. El silencio en Plaza Catalunya es espeluznante. Ni tan siquiera el chico del kiosco de la ONCE está cantando las alabanzas de su cuponazo como cada viernes. No, hoy ha colocado un gran lazo negro sobre la ventanilla del cubículo y ha cerrado el negocio; creo que sus ojos ven con más nitidez que nunca el cárdeno tono del cielo que este maldito día nos regala. Tras comprar el café en la Plaza Universidad atisbo a la gente ya movilizada: las encuestadoras de la calle Pelayo, los trabajadores de La Vanguardia, los empleados de los hoteles de la zona, los de la FNAC, la gente de la Subdelegación del Gobierno. Hasta los trileros y los gambianos del top-manta han cesado por un momento en su actividad ilícita. También las estatuas humanas de la Rambla, y los dos peruanos que durante toda la mañana ejecutan incansablemente frente al café Zurich El cóndor pasa en un sintetizador. En la sede central del Banco Bilbao Vizcaya es donde se concentra más gente en torno a una gran pancarta contra el terrorismo fabricada de modo apresurado, y entonces uno se da cuenta del enorme contingente humano que a diario trabaja en ese sitio, y ve en sus caras de diversas facciones a la gente que sale junto a uno del metro cada día, o a quien se cruza al ir a tomar café, los ve serios y contraídos como seguramente lo deben de ver a uno los demás,  y el mundo y nuestros rostros son como un gran espejo miope que nos refleja a todos en nuestra nadería, y nos hace iguales. Igual de desgraciados.
          Delante de los juzgados ya está formado todo el personal que ocupa sus despachos y salas de vistas cada día. Jueces, Secretarios, funcionarios, personal de mantenimiento del edificio y los Mossos d’esquadra que lo custodian, todos en silencio mirando al cielo y buscando una explicación a tanto sinsentido. También están parados los trabajadores de la notaría de enfrente, y los cocineros del restaurante de Jordi Arrese, con sus enormes gorros blancos, y los trabajadores del Consulado de Francia, y los de la Caixa e Ibercaja, todos. De vez en cuando pasa algún grupo de extranjeros despistados, de caras rojizas y atuendos casi veraniegos, y al ver aquella desolación cesan en sus pláticas, detienen su paseo y aguardan a que acabe el duelo. De súbito, y cuando el silencio parecía que sería eterno, se oyen unos aplausos procedentes del Corte Inglés, luego otros más cercanos desde la central de CajaMadrid, y entonces comenzamos nosotros y los de la notaría y los del restaurante, tímidamente, a batir unas palmas tristes y desacompasadas que buscan su correlato en la necesidad de recordar a los que se han ido como si fueran de nuestra casa, como si fuesen nuestros. Que al fin y al cabo lo son.
          Parece mentira, pero hoy es un día aún más triste que ayer. Continúa la retahíla de heridos y en el número de muertos nos hemos acercado al doble centenar sin llegar a rebasarlo. También prosigue en los medios de comunicación el relato de quienes están sufriendo en sus carnes el dolor, esos familiares que mendigan buscando sus cadáveres, víctimas la mayoría muy jóvenes, estudiantes y trabajadores, padres de familia, en fin, es la hecatombe sin paliativos. El gobierno insiste en la tesis de ETA, aunque por la noche, el ministro del ramo reconoce que hay otra línea de investigación en torno a una furgoneta abandonada con siete detonadores y una casette de iniciación al Corán en su interior.
          A las siete está convocada la gran manifestación. Tras algunas dudas, desistimos de acudir. Es tarde, los niños son muy pequeños y esto no es el festivo No a la Guerra, que además era a las cinco de la tarde y en sábado. Con el abuelo en el hospital, no tenemos con quién dejarlos, así que nos hemos de conformar con ver la televisión y sentirnos representados por millones de gentes en toda España. Lo de Madrid es sublime, indescriptible. La de Barcelona me impacta especialmente, con todo el Paseo de Gràcia en silencio y Jordi Savall interpretando al cello El cant dels ocells, esa hermosa y tristísima pieza que diera celebridad al maestro Pau Casals. A uno, que es de Chamartín, le emociona especialmente que miles de catalanes digan que Hoy todos somos madrileños. Y todo el aire que nos envuelve se disfraza de una gran pena.