Carlos del Pozo

Eterno Brujo

muere-quini-una-leyenda-del-futbol-espanol

El mes pasado glosábamos la muerte del gran Forges y días después se nos moría Quini. No quisiera uno que este blog se convierta en un obituario permanente, pero lo cierto es que cuando quien se muere es una persona que ha gozado, por lo que fuere, de la admiración de casi todos, es difícil resistirse a la acotación y al recuerdo de alguien que por desgracia ya no volverá a estar entre nosotros.
Enrique Castro González fue el mayor de tres hermanos varones y heredó el apodo de su padre, también llamado Enrique, trabajador de Ensidesa, aunque con el tiempo se le empezaría a conocer como
El Brujo. Precisamente en el equipo de esa empresa siderúrgica avilesina, de Tercera División, fue donde el joven Quini dio sus primeros pasos en el fútbol. Rápido los ojeadores se fijaron en su olfato goleador y el Oviedo lo pretendió, pero su padre vetó el fichaje porque el desplazamiento a Oviedo resultaba incómodo para la familia, que vivía en Avilés. Lo que no pudo evitar el progenitor tiempo después fue el fichaje de su vástago por el Spórting de Gijón gracias a una memorable actuación del ariete en un partido contra el filial gijonés. Ni él ni su padre eran conscientes de que acababa de fichar por el que sería el club de su vida.
El Brujo fue un goleador extraordinario que obtuvo siete veces el trofeo de máximo goleador. Ser Pichichi nunca es fácil, pero menos lograrlo en un equipo modesto como es el Spórting, donde lo ganó en cinco ocasiones. También tiene mérito haberlo obtenido en dos temporadas con el Barça jugando junto a estrellas como Maradona y Schuster. Ya en 1975, el Barça liderado por Cruyff quiso ficharlo y llegó a ofrecer hasta cincuenta millones de pesetas de la época, una auténtica barbaridad. El Spórting se negó -entonces regía el llamado derecho de retención de los clubes-, y el jugador confesó entonces que se le pasó por la cabeza abandonar el fútbol. Tenía veinticinco años.
No es Quini un jugador que pueda exhibir un palmarés extraordinario. Salvo los meritorios pichichis, puede decirse que su hoja de servicios colectiva es discreta si atendemos a su calidad futbolística. En el Barça jugó cuatro temporadas y el Barça de entonces no era el club que años después lo ganaría todo, sino un equipo de triunfos guadianescos y hasta menores. Tampoco su paso por la Roja fue brillante en una selección que durante décadas destiló grisura y ramplonería en su juego, aunque queda la anécdota de ese España-Alemania en que Kubala le ordenó seguir por todo el campo a Beckenbauer y lo hizo con suma profesionalidad. Por eso tras su muerte todos han señalado que la admiración que suscitaba se basaba más en lo personal que en lo deportivo: era un caballero fuera y dentro de la cancha, perdonó a los tres desgraciados que le secuestraron durante un mes a los pocos días del 23-F, nunca hizo declaraciones incendiarias y se retiró en el equipo de su vida dándole más de lo que ese club le dio a él. Julio Alberto, uno de sus compañeros, dijo que Quini era ante todo una buena persona en un mundo, el del fútbol, en el que no abundan precisamente las buenas personas. Doble valor el de la aseveración, pues quien lo aseguraba es un alma descarriada del fútbol, un triste juguete roto; bien por Quini, pero mejor por Julio Alberto.
Sin embargo uno se queda con el homenaje póstumo de David Villa, su auténtico heredero. El
guaje, al conocer la muerte de su maestro, sintió haberle defraudado al prometerle que sería mejor futbolista que él y reconocer que no lo había conseguido. Pero sobre todo por su epílogo: En el equipo del cielo necesitan goles y se han llevado al mejor.