Carlos del Pozo

Biografías autorizadas

javi

Hace unos días hablé por teléfono con Javi, mi sobrino mayor. Tengo cuatro sobrinos, todos ellos chicos: el citado, que tiene catorce años, su hermano, que cuenta dos años menos, y finalmente una pareja de artefactos andantes que nacieron el mismo día hace dos años y pico, los mellizos de mi hermana.
Con mis sobrinos mayores hablo poco por teléfono. Si llamo a mi hermano y por casualidad cogen ellos el teléfono, rápido me pasan a su padre, y luego, en los cumpleaños, me imagino que están saturados de llamadas y apenas completa uno unas pocas frases con ellos. Pero el otro día fue el propio Javi quien le pidió a su padre hablar conmigo. La razón estribaba en que en el instituto les habían encargado un trabajo consistente en escribir la biografía de alguien de la familia y Javi había escogido la de su tío, o sea, un servidor. La verdad, al escucharle me quedé un tanto alelado. Los escritores, con mayor o menor intensidad, atesoramos un punto de vanidad del que nadie puede escaquearse. Y que un sobrino te diga que ha escogido tu persona para trazar tu propia biografía es algo que, cuando menos, le deja a uno el corazón contento.
Le dije entonces al chaval que cómo había abordado el trabajo y me explicó que había copiado varios datos en la página web que desde hace unos meses me ha diseñado su padre. Que había puesto los libros que había publicado, algunos premios que había ganado, en fin. Yo le dije que si quería confrontar conmigo algún dato me lo podía preguntar, pero para mi desconsuelo reconoció que el trabajo ya lo había entregado. Lástima.
Precisamente al día siguiente de hablar con mi sobrino leí en la prensa una noticia curiosa. Una editorial había firmado un contrato con una importante empresa de servicios funerarios para ofrecer a sus asegurados y socios la oportunidad de encargar a esa editora la biografía de cualquier familiar que se hubiese muerto. Esos familiares tendrían que aportar datos, anécdotas y fotos sobre el finado y los de la editorial se encargarían del resto poniendo en manos de su equipo de escritores todo el material. Había la posibilidad de contratar diversos formatos para el libro: cincuenta páginas, cien y hasta más de doscientas. Lógicamente las tarifas variaban según el número de páginas que al final se ejecutaran. También esas tarifas sufrían cambios dependiendo del número de ejemplares a imprimir que de la obra demandaran los familiares, aunque incluso había la posibilidad de encargar un solo ejemplar. Se supone que el texto se redactaría a mayor gloria del fallecido, y que en él no aparecerían episodios turbulentos o poco claros de su periplo vital. El director de la editorial, en un momento del reportaje, reconocía que las biografías se hacían a la medida del biografiado y de sus familiares, y que constituían un regalo excepcional para que seres queridos y amigos recordaran por mucho tiempo al ausente.
Yo cuando me muera no quiero que me hagan una de esas biografías. En primer lugar porque la vida de uno ya transcurre a lo largo de sus libros y sus diarios y no hace falta añadir más sobre el particular. Pero sobre todo porque ya hay un sobrino mío, el mayor de mis sobrinos, que se ha encargado de redactar esa biografía, y sospecho que no salgo demasiado desfavorecido en ella. Así que desde aquí mi sincera gratitud para ese indómito adolescente de catorce años llamado Javi.