Carlos del Pozo

Derechos y deberes

Pasted Graphic 7

El pasado lunes, festivo en Barcelona, me tropecé con uno de esos programas de televisión que empieza a las dos de la tarde en uno de los canales privados y no puedo ver nunca. El programa se titulaba De buena ley y como uno, que vive del derecho desde hace más de dos décadas, no es fácil que sobreviva -incluso en días de fiesta- a leyes, pleitos y procesos, se dispuso a contemplarlo.
La mecánica del programa era sencilla: hay un conflicto entre dos personas que, en vez de llevar su caso a los tribunales, deciden poner en manos del programa su diatriba. El juez -una mujer, en este caso- es en realidad una abogada que tras escuchar los argumentos de las dos partes dicta un laudo de obligado cumplimiento que ambos, por contrato, se obligan a respetar antes del comienzo del debate. Una vez expuestas las posiciones de los contendientes, contestan a las preguntas de la juez que no es juez y ésta se retira a sus aposentos a deliberar consigo misma y con los sesudos manuales de jurisprudencia. Hasta que vuelve a aparecer en pantalla con la resolución bien calentita -la resolución-, recién salida del horno -la resolución también-, acaece el nudo gordiano del programa: los espectadores, entre los cuales hay algunos pseudoperiodistas habituales de la cosa, opinan a favor de uno u otro adversario, refutan sus razones unos y ratifican sus posturas otros. Entonces, por si no lo habíamos sospechado, nos apercibimos de que estamos ante un programa de la televisión privada: gritos, muecas, risas cínicas y más de un insulto jalonan tan acalorado debate.
Me cuentan que hasta la fecha ha habido de todo: parejas peleadas por un patrimonio, hermanos y hermanastros enfrentados por una herencia, morosos y estafados que se desafían por unos euros… En el programa de ayer el combate se libraba entre un empresario y su trabajadora. Mejor dicho, entre el dueño de un bar, llamado Manolo -que es como deben llamarse todos los bares y todos los dueños de bares- y la cocinera de su establecimiento. La diatriba venía a causa de que la cocinera -cuyo nombre no recuerdo- le exigía a su patrón que le concediera las preceptivas dieciséis semanas de maternidad ya que acababa de adoptar una niña. Pronto nos enteramos, porque nos lo reveló Manolo, que la
niña en cuestión tenía trece años, pero la cocinera esgrimió su derecho alegando que ese período era para conocer bien a la niña. Luego Manolo fue deshojando su particular rosario de padecimientos: la cocinera había estado los últimos años frecuentemente de baja, porque cuando no lo era intentando un proceso de fertilidad lo era por la depresión derivada de no haber podido ser madre, de modo que Manolo tenía que contratar una nueva cocinera. Algo excitado le dijo el hombre que si se le concedía ese permiso era capaz de pedir la hora de lactancia para la joven de trece años. La cocinera no se cortó un pelo y aseguró que si pudiera claro que pediría ese otro derecho. Además pudimos saber que el marido de la cocinera -perfecto título para una película- estaba en paro y podía llevar y recoger a la chavala del colegio, y que el horario del colegio coincidía con el horario laboral de ella en el bar, con lo que la conciliación familiar era posible. Y resumió Manolo: Tú lo que tienes que hacer es el rabo de toro, que te queda muy bien. Eso dijo y ustedes pueden interpretar la frase como les plazca.
Al final la juez que no era juez le dio la razón a Manolo, aunque yo creo que utilizando ciertas argucias procesales para no quedar a mal con la cocinera. Dijo la togada que la mujer no había puesto sobre la mesa los informes de la Asistencia Social que acreditaran la necesidad de una atención especial para la joven, ya que las dieciséis semanas de maternidad se conceden, sí, también en caso de niños adoptados, pero siempre que éstos no rebasen los seis años de edad.

Manolo respiró aliviado, y ello pese a que durante el debate tuvo que escuchar estupideces de largo calado, como cuando una actriz porno -no sé si aún ejerce de ello- le llamó machista, que es un poco como el colmo del cinismo, como tirarse un pedo en un entierro y echarle la culpa al muerto. Él respiró aliviado y muchos de nosotros también. La democracia es magnífica o, cuando menos, no se ha inventado nada mejor, pero creo que llevamos treinta años exigiendo demasiados derechos sin asumir con gallardía que también hay obligaciones y deberes. Y la verdad, no están las cosas como para que escatimemos esfuerzos; creo que hay que arrimar el hombro y sacar el barco adelante a base de renunciar a exigir sin límites para que las aspiraciones de todos -incluso de los empresarios- sean respetadas.