Carlos del Pozo

El torero sin edad

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Se ha ido Antoñete frisando los ochenta años y sospecho que esa vida suya de casi ocho décadas multiplica en emociones y desdichas las de otros que sobreviven a esa edad y que muy poco extraordinario de su vida tienen para contar. Como decía Manolo Molés hace poco, Antoñete se fumó y se bebió la vida sin volver la cara nunca, como hacía frente a los morlacos, ofreciendo pecho y muleta por delante.
No voy a hacer aquí un panegírico de los valores taurinos de Antonio Chenel. No sólo no soy experto en la disciplina; tampoco entiendo de toros ni me han interesado nunca demasiado, pero siempre he sentido una extraña predilección por eso que llaman la tauromaquia y que rodea al universo de los toreros, el toro y la fiesta en general, por sus rumbos no siempre claros, por sus horizontes turbios, por las dudas amasadas con el metal frente al animal, con unas vidas remachadas a partes iguales por el éxito y el fracaso de quienes se juegan el destino frente a una bestia de media tonelada. Y Antoñete, un tipo que a lo largo de su carrera fue un torero de idas y venidas, de encuentros y encontronazos, en fin, de mudanzas y despedidas, puede que sea el torero más adecuado para hacer literatura a costa de ese mundo complejo e inexplicable que es el del toro.
Nació en Madrid en el seno de una familia humilde y se crió en la misma Plaza de las Ventas, donde su cuñado era Mayoral. Tuvo diversos oficios: botones, pintor, camarero, y su primer contacto con lo taurino tuvo lugar como componente de la trouppe de ese bastión de la cutrería hispana llamado el Bombero Torero. En la novela de su vida se suceden los éxitos y los fracasos, y con toda seguridad estamos ante el torero que más veces se ha retirado para luego volver a reaparecer. Su retirada definitiva sucede a sus casi setenta años, y de ahí tal vez que nunca pareciera un torero joven o que casi nadie lo recuerde en su esplendorosa juventud, que debió tenerla. Siempre se le evoca con barriga, la voz cascada y el mechón blanco surcando su frente amplia.
Hay varias faenas que destacan en su personal singladura. Dos de ellas en 1985, una en la Maestranza sevillana y otra en las Ventas madrileñas. También otra de trece años después, a punto de retirarse definitivamente, en la plaza de Antequera. Ninguna seguro como aquella de 1966 en el coso madrileño, la famosa faena del toro blanco de Osborne, el
ensabanao, de nombre Atrevido, que definitivamente le aloja en la historia para no apartarle de la misma. Es curioso porque todo el mundo habla de esa faena que acaeció hace cuarenta y cinco años y muy pocos la contemplaron en directo. Tampoco se conservan más allá de unas cuantas fotografías y alguna imagen fugaz y de mala calidad. No son pocos tampoco los que hablan de esa faena como del famoso gol de Pelé, del que años después se demostraría que no fue tal gol porque no llegó a entrar en la portería. De esta faena sólo se sabe que le dieron a Chenel una mísera oreja por ella, aunque al parecer debió ser sublime.

A mí Antoñete y esa faena me recuerdan inevitablemente a mi buen amigo Alfonso Martínez. Alfonso explicaba como nadie la pugna de Chenel con el toro blanco, con esas tres verónicas tras el cambio del tercio de varas, la media docena de muletazos por bajo y un último rematado a dos manos, y claro, los cinco naturales extraordinarios con los que agotó al astado. Mi amigo solía tirar de cartera y exhibir orgulloso una foto en la que aparecían él y el maestro Antoñete en la finca del diestro, en Navalagamella, y en la que mi amigo aparecía abrazado al torero. Alfonso se nos fue hace casi diez años, cuando aún no había cumplido los cuarenta, dejando en este mundo a una esposa enamorada, un crío de cinco años y una niña que apenas balbucía papá desde su párvula edad. La muerte ahora del legendario torero puede significar muchas cosas para el resto de la gente, pero a mí me convoca desde la tristeza y la melancolía por una vida, la del amigo, que tal vez se fuese demasiado pronto, sin haber acometido seguramente sus mejores faenas.