Carlos del Pozo

Regreso a la infancia del mar y los museos

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Estoy leyendo estos días La aventura de viajar, estupendo libro como todos los del género viajero que desde hace años nos regala Javier Reverte. Se trata de un compendio de viajes que el mismo autor define como extraordinarios, aunque el componente extraordinario proceda no por su exotismo o lejanía sino precisamente por no ser viajes al uso, pudiendo haberse llevado a cabo en un espacio muy reducido, esto es, en un ámbito no necesariamente remoto. Por eso Reverte, los dos primeros viajes que evoca de sus más de sesenta años de vida, son esos domingos en que iba con el colegio a visitar los museos de Madrid y cuando a los once años fue con sus tíos a Galicia y vio por vez primera el mar. Esos recuerdos, irrevocablemente, me han devuelto mi propia infancia.
           Mi hermano y yo no íbamos a los museos con el colegio, sino con mi padre. Puede que más adelante, en la época del Instituto, tal vez visitáramos algún museo como el Arqueológico de la calle Serrano, cerca de Colón, el mismo que Reverte odiaba profundamente, pero si algo recuerda mi más remota memoria de niño de cinco años es que el primer museo que yo vi fue el de Ciencias Naturales, que estaba en los llamados altos del hipódromo, en la cornisa de la avenida de la Castellana, frente a lo que hoy es la Glorieta de Rubén Darío. Recuerdo, igual que Reverte, que era un museo viejo, decrépito, con los techos faltos de más de una mano de pintura, las estancias desvencijadas y las maquetas y reproducciones bastante afectadas por el  paso del tiempo. No en vano luego estuvo mucho tiempo cerrado al público acometiéndose en su interior unas más que necesarias reformas. Pero yo lo recuerdo con gratitud, como el primer pináculo del conocimiento y el saber que yo rebasé, y años después, cuando lo he visitado con mis hijos, he podido constatar que ha valido la pena que estuviese fuera del alcance del público tantos años. Hoy en día es un museo espectacular y una visita imprescindible para los amantes de la naturaleza.
           El segundo gran viaje primero que describe Reverte es aquel en el que descubrió el mar y que acaeció a sus once años. Para quienes son hijos del mar porque han nacido a su vera -como mis propios hijos- el mar es un elemento cotidiano, casi vulgar y sin cuya coexistencia no concebirían sus desvaríos cotidianos. Los que nacimos tierra adentro sabemos que el mar es un anhelo, un sueño y algo que no siempre estuvo a nuestro alcance. Por estas fechas estoy enfrascado en la promoción de una novela llamada Háblame del paraíso azul, y en un acto de presentación que hicimos el otro día, la periodista que conducía esa presentación señaló que en muchos de mis libros aparece el mar, preguntándome el porqué. Yo respondí que creo que el mar es la representación física de la eternidad, y que de ahí mi admiración y hasta devoción por él. Porque creo que, como la infancia, los museos y la literatura, todo lo que permanece, merece la pena ser conservado, y sólo de ese modo nos sobrevive; a nosotros, y también a ese fardo de recuerdos que ya nunca nos abandonará.