Carlos del Pozo

La noche más estúpida

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Creo que no hay una noche durante todo el año más estúpida e insustancial que la de Nochevieja. Esta es una conclusión a la que sólo se llega con los años, porque cuando tu vida navega por las turbulentas aguas de la adolescencia piensas precisamente lo contrario, esto es, que esa noche será la más excitante de tu vida y que tu dicha se multiplicará por diez en el decurso de la misma.
De pequeño uno estaba deseando cumplir los dieciséis años para que en Nochevieja le dejaran salir aunque sólo fuese unas pocas horas por el barrio. O dieciocho para poder ir a alguna fiesta que se celebrara en una discoteca o en una casa particular del centro de la ciudad. Son anhelos propios de una edad cuyo máxima es la impaciencia por que pase rápido el tiempo, todo lo contrario a la madurez, en que nos aferramos siempre a ese vano sueño de que ese mismo tiempo se detenga y no avance.
Los que filosofan acerca del tema suelen repetir que la de Nochevieja es una noche donde todo el mundo está obligado a pasárselo bien. Yo iría más allá y precisaría que lo que en realidad prima es asegurar que te lo has pasado fenomenal aunque no sea así. Cuántas veces regresábamos de una Nochevieja aburrida a más no poder y cuando nos cruzábamos ojerosos con nuestro padre le respondíamos tras ser requeridos al respecto que nos lo habíamos pasado en grande. Y lo peor del caso es que él mismo era el primero en saber que no era verdad.
Una de las ventajas del matrimonio es que de repente se acaba el suplicio de esas noches, al menos en mi caso. Te nacen hijos, has de cuidarlos y nadie se pregunta acerca de qué se hará esa noche porque está claro que lo que toca es quedarse en casa. En ese momento ni te figuras que esa pesadilla regresará cuando tus hijos sean adolescentes y formulen el firme deseo de salir esa noche. Y eso es lo que me pasó este año, en que volví a las estúpidas noches de juventud, aunque ésta tal vez se llevara la palma.
Tuvimos que bajar a nuestros hijos al pueblo donde estamos empadronados y hacemos vida diaria. Habían quedado con sus respectivas pandillas para tomar juntos las uvas, que aquí en Cataluña es costumbre muy extendida. La gente se reunía en una plaza céntrica que unos llaman de la Iglesia aunque en realidad sea la plaza de la Notaría, pues la iglesia está a sus espaldas y en lo alto. Mi mujer y yo decidimos tomar las uvas allí porque no nos daba tiempo para volver a casa y seguirlas por la televisión.
Había un disc-jockey que ponía música casposa y cada cierto tiempo recordaba los minutos que quedaban para que compareciera el nuevo año. En un momento dado aseguró que las campanas del campanario de la iglesia estaban estropeadas y que tomaríamos las uvas siguiendo las campanadas de su móvil. De verdad que dijo esto. Me sentí muy imbécil porque la revelación, a la gente, lejos de sorprenderle no le causó la más mínima sorpresa. Y sin previo aviso, ni cuartos ni nada, cuando llegó el momento de la primera campanada dijo entre gritos: ¡Vamos, chicos!, y la gente comenzó a engullir sus uvas. A duras penas pude comerme las mías en el temor de que aquél disparate pudiera lograr que se me atragantaran. 

Fue como volver a una juventud tan estúpida como esa noche, pero con una sutil diferencia: la mía, ahora, ya era una edad respetable en la que los sueños apenas son capaces ya de proyectarse en el porvenir.