Carlos del Pozo

57 historias del deporte

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Durante las últimas vacaciones de Navidad cayó en mis manos uno de esos libros solidarios que suelen venderse por estas épocas y cuyo fin es el de recaudar dinero para causas nobles, en este caso para una serie de programas de UNICEF. Uno está demasiado comprometido con la literatura seria y profunda durante todo el año y agradece un tipo de lecturas más ligeras. Y a veces las lecturas más livianas son aquellas que le hacen a uno disfrutar más.
El libro, editado por Aguilar, lo componían historias escritas por periodistas y comentaristas deportivos del grupo PRISA. No se catalogaban como relatos porque se suponía que todas eran historias veraces que les habían sucedido a sus autores. No había tampoco una pretensión literaria en las mismas, aunque algunas de ellas estuviesen muy bien escritas, y ello pese a la mala fama de los periodistas en general y de los dedicados a la información deportiva en particular. Independientemente de ello puedo reconocer sin ambages que al menos una docena de ellas me llegaron a emocionar.
De entre esas historias había retratos de futbolistas muy emotivos, como el que Álex Grijelmo dedica a un casi adolescente Juanito Gómez en el Plantío burgalés, O el recuerdo que Ínigo Marquínez evoca de un Julen Guerrero al que en la mili le dejan salir unas horas para recoger un premio. También la glosa de José Sámano a Pancho Puskas, o ese entrañable panegírico que Noemí de Miguel dispensa a Totti, personaje cuya rudeza y mentecatez conocidas se ven suplidas por una desmedida lealtad al equipo de sus amores. También hay recuerdos imborrables de fechas clave en los últimos años, como la final del Mundial de Sudáfrica, las finales de Champions del Madrid o el Barcelona y los no por escasos menos reseñables triunfos olímpicos.
Pese a que no todos los autores son periodistas, entre las historias que narran los profesionales hay mucho de recuerdo nostálgico de los comienzos en el oficio. Por ejemplo, cuando José Ramón de la Morena no sólo se hablaba con Clemente sino que se colaba en su banquillo para informarle de los otros resultados de la jornada en un final de Liga. O la confesión de Alfredo Relaño de que se hizo periodista gracias a esos libros de Tintín en que su protagonista era un intrépido reportero. También el turbador relato de Javier Matallanas colándose en China con un visado falso para informar de un partido del Real Madrid, o el visionario Lluís Flaquer, que se enfrenta a su familia -padres y seis hermanas- por conocer un estadio, el logroñés de las Gaunas, al que volverá años después convertido en periodista para hacer la crónica del último partido que allí se disputará. Sin duda el mejor de este grupo y seguramente del libro esLo que queda por el camino, de Vicente Jiménez, una casi nouvelle en donde su autor repasa su biografía profesional desde los comienzos hasta el presente recordando aquellos acontecimientos deportivos a los que fue enviado por sus superiores; ahí está el germen de una buena novela corta y, desde luego, el enorme gozo que la fiesta de las palabras nos depara en ocasiones.
Hay también algunas decepciones, claro. De un hombre tan versado como Julio Maldonado, el estimado Maldini, se esperaba algo más profundo y reflexivo. Las historias de Carles Francino colándose en un avión rumbo a la final de Wembley o de Mónica Marchante comprándole a un brasileño una entrada para la final del Mundial de España no me las creo. Y no dudo en absoluto de que en verdad acaecieron, pero están contadas con tan escaso convencimiento que resulta complicado atisbar un halo de verosimilitud en ellas. Claro que si el fin, como el de todo el libro, no es otro que el de recaudar fondos para UNICEF, no dejan tampoco de tener su valor.