Carlos del Pozo

Cuaderno de año nuevo

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Comenzó uno el año de la manera más frugal: leyendo el último tomo de los diarios de Andrés Trapiello y escuchando el Concierto de Año Nuevo arrimado a la chimenea. Un par de troncos de encina se calcinaban tras el vidrio y desde la ventana un haz de luz potente se proyectaba como si deseara reivindicar lo novedoso del día, del mes, del año. Estaba solo en casa. Los chicos dormían en camastros foráneos tras una enfebrecida Nochevieja y mi mujer había salido al bosque para recoger piñas y leños con los que comenzar la cotidiana combustión de la estufa. De repente sentí un gran gozo y pensé: este año que empieza ha de ser bueno, por fuerza. De haber tenido alguna habilidad con las rimas y los versos le hubiera sacado a la mañana un soneto de aquellos de Juan Ramón Jiménez, un poema hermoso y atrevido. Pero Dios no le ha llamado a uno por ese camino.
El Concierto de Año Nuevo es una metáfora de todas mis edades. Lo escuchaba con desinterés durante mi infancia, con horror en mi adolescencia cuando se mezclaba con las melopeas cosechadas en la víspera nocturna, y con sumo interés desde que entré en el territorio de eso que llaman la madurez. Siempre lo identifiqué con mi padre, pero desde que él ya no está entre nosotros me sirve para evocarlo, para recordar sus palabras y suspiros cuando escuchaba las polkas y valses de la familia Strauss, y también, por qué no, para adivinar lo que hubiera dicho de ellos ahora que no puede disfrutar de esa música.
De niño siempre me sorprendía que mi padre se afeitara y acicalara una hora antes de comenzar el concierto en la Sala Dorada y se apostara luego ante la televisión arreglado y oliendo a colonia. Seguía los compases de la Filarmónica de Viena con atención y fijaba sus ojos en la batuta del director como el que no pierde de vista a ambos lados de una pista de tenis los reveses de los contendientes. Al final de cada pieza, coincidiendo con los aplausos del público de la Ópera de Viena, emitía una interjección con ribetes de asombro con la que parecía recompensar el buen hacer de la orquesta. Yo no he visto nunca a un hombre tan feliz como a mi padre disfrutando de aquellos conciertos.
Con el tiempo me aficioné a la música de los Strauss y pude compartir esa pasión con él. Cada año iba a discos Balada, en la calle Pelayo, junto a la antigua sede de
La Vanguardia, y le compraba un ejemplar del disco del Concierto de ese año. Esa casa de música, hoy desaparecida, traía el disco de importación directamente, antes de comercializarse en España. A resultas de esa grabación que yo le mandaba por correo comentábamos por teléfono el repertorio, la labor del director y los bises del Danubio Azul y la Marcha Radetzky. Sus directores preferidos eran Lorin Maazel y Daniel Barenhboim, y siempre criticaba el hecho de que el gran Karajan sólo hubiese dirigido el concierto en una ocasión.
También le gustaba mucho Riccardo Mutti, que es quien ha conducido el concierto de hoy, y a mí me hubiera dado mucho gozo comentarlo con él, conocer sus impresiones, si cree como yo que Mutti está ya algo mayor y que en la última parte de la gala se le veía algo cansado. Puedo intuir cuál hubiera sido su opinión de todo eso, pero me falta en todo caso la certeza de su presencia. Entonces he vuelto al libro de Trapiello comprobando que los leños de la chimenea se habían consumido y he seguido pensando que este año lo más probable es que sea un buen año, aunque todo eso no pueda ahora mismo atenuar cierta tristeza que me ha comenzado a invadir.